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Edad Moderna

Miguel Servet, un pensador en la encrucijada

Nadie hubiera imaginado que un chico nacido en una familia de orígenes judeoconversos en una pequeña villa de Los Monegros se convertiría en uno de los pensadores más provocadores de la Europa del siglo xvi, y quizá en el hombre más perseguido de su tiempo. La vida de Miguel Servet, productiva y tortuosa hasta límites inhumanos, es hoy testimonio de dignidad ante la persecución fanática de los que aseguraban no albergar dudas, los mismos que convirtieron el seiscientos europeo en un campo de minas para los heterodoxos.

Servet antes de Servet

Ya desde su propio nacimiento la figura de Servet se nos muestra rodeada de interrogantes. Su origen natal fue objeto a principios del siglo xx de un intenso debate que puso a un lado y a otro de la palestra a aquellos que afirmaban su procedencia navarra (Tudela) frente a otros, más acertados, que defendieron una cuna aragonesa (Villanueva de Sigena) para el hijo del notario Antón Serveto. Sin duda, la existencia de esa disyuntiva emanó de la azarosa vida de este teólogo que, amenazado por el fuego cruzado de católicos y protestantes, hubo en un momento dado de ocultar su nombre y su origen sustituyéndolos por otros ficticios. Tampoco sabemos con absoluta certeza el año exacto de su nacimiento, acaecido muy probablemente en 1511, pero sí el día, un 29 de septiembre, fecha en la que el santoral hace recaer la festividad de los tres arcángeles, uno de los cuales dio nombre al que también es hijo de Catalina Conesa, una bien situada dama emparentada con una familia de potentados judeoconversos, los Zaporta.

Retrato de Miguel Servet por Christoffel van Sichem. Wikimedia Commons.

La época que vio nacer y morir a Miguel Servet, la primera mitad del seiscientos, se halló jalonada por dos procesos que determinaron de forma directa y dramática su vida: la reforma religiosa luterana y la lucha por la hegemonía europea del emperador Carlos. A la corte de este último comenzó a ligarse la vida de un adolescente Servet quien, con apenas catorce años, se convirtió en paje de Juan de Quintana, futuro confesor del monarca. Enrolado en la corte itinerante carolina, el joven se imbuyó del ambiente humanístico y tentadoramente heterodoxo que emanaba de eruditos como Alfonso de Valdés o Pedro Mártir de Anglería, gracias a los cuales se dotó de un acervo clásico más que notorio para su precoz edad. Tras una breve estancia en su pueblo, Servet volvió a partir de Los Monegros con unos dieciséis años para estudiar leyes en la Universidad de Toulouse, donde entró en contacto por primera vez con círculos abiertamente protestantes. En estos cenáculos, textos bíblicos como el Antiguo y el Nuevo Testamento, las obras del antiguo rector de Toulouse, el filósofo Raimundo de Sabunde o las de los líderes reformados corrían de mano en mano, ocultas en faltriqueras, pues bien sabían sus lectores que de esas páginas pendían sus vidas. Impetuoso e inquieto, el jovencísimo Servet comenzó a hacerse un hueco en este ambiente de entusiasta espiritualidad en los que no era en absoluto infrecuente encontrar fugitivos de la Inquisición. Tanta fue su implicación en estos círculos y tanto su afán de liderazgo, que apenas dos años después, en 1529, debió regresar a la Península para encontrar refugio bajo el sayo de Quintana, ya confesor de Carlos V. Su arriesgada aventura occitana había terminado. 

De nuevo integrado en el séquito del emperador, Servet presenció en Bolonia una de las más fastuosas ceremonias del Renacimiento, la imposición de la diadema de oro imperial por el papa Clemente VII sobre las sienes de Carlos de Gante en febrero de 1530. Apenas tres años antes, Carlos había plantado a sus lansquenetes en Roma, mientras que el mismo pontífice que lo convertiría en emperador permanecía refugiado en el Castillo de Sant΄Angelo hasta el pago de un rescate. El Saco de Roma dañó profundamente el prestigio del papa Médici y permitió al emperador emplearse a fondo contra el incendio reformador que se extendía por el corazón de su Imperio. Sin embargo, ese espectáculo del que Servet fue testigo provocó en él un profundo rechazo. Se dice que la ciudad fue engalanada como una segunda Roma. A lo largo de cuatro meses de preparativos, se erigieron en Bolonia arcos del triunfo, estatuas de generales como Escipión el Africano o bustos imperiales de Trajano o Augusto. La ostentosidad de aquellos fastos terminó por convencer a un Servet que ya albergaba en sí la necesidad de búsqueda de un nuevo camino más íntimo y sencillo en la práctica de la fe cristiana. Sin duda, un camino claramente opuesto al que tomaron la treintena de cardenales, en su mayoría retoños de las grandes dinastías italianas, que ricamente engalanados recibieron a Carlos V a su llegada a la ciudad padana. Dos décadas más tarde recogió de este modo las impresiones de aquellos días de boato en su Restitución del Cristianismo: «He visto con mis propios ojos cómo lo llevaban [al papa] con pompa sobre sus hombros los príncipes, cómo lo adoraba el pueblo de rodillas a lo largo de las calles […] ¡Oh, bestia, la más vil de las bestias, la más desvergonzada de las rameras!».

Tiempos recios
El primer tercio del seiscientos hispánico se nos revela como un periodo en el que la península ibérica fue un eje donde confluyeron distintas propuestas de espiritualidad heterodoxa, de entre las que destacó una con personalidad propia, la que Stefania Pastore denominara como la herejía española, el alumbradismo. En ese ambiente en el que aún resonaban las novedades cisnerianas que apostaron, aunque muy tímidamente, por una reforma desde dentro del propio catolicismo vino a nacer y crecer Servet, cuyos orígenes judeoconversos eran compartidos por la mayoría de los seguidores del movimiento alumbrado que entonces se extendía por el centro de Castilla con la rapidez del fuego. Años más tarde, cuando un púber Servet acompañaba como paje a fray Juan de Quintana pudo asistir en primera persona a la campaña de represión de los primeros alumbrados. A instancias del inquisidor general, el erasmista Alonso Manrique, Quintana fue el encargado de redactar el famoso Edicto de 1525 contra los focos alumbrados de Toledo, Guadalajara o Escalona. El tiempo, que es caprichoso, quiso que ese mozo, que quizá interviniera como transcriptor de alguna de las 48 proposiciones que se atribuían a los alumbrados, se convirtiera en un heresiarca para los guardianes de las esencias ortodoxas de un lado y otro del cristianismo occidental.

Dos desafíos y una ocultación

Edición de 1531 de los Sobre los errores de la Trinidad. Wikimedia Commons.

Aunque su presencia en el séquito imperial avivó su desprecio por los ostentosos ceremoniales religiosos que rodeaban el día a día en la Corte, su participación en la comitiva carolina también permitió a Servet recorrer las capitales de la Reforma. Fue el caso de Basilea o Estrasburgo, donde conoció a los otros dos vértices que, junto a Lutero, conformaban la triada del protestantismo alemán: Bucer y Melanchthon. A pesar de su conocida simpatía inicial por el movimiento luterano, el pensamiento servetiano comenzó desde muy pronto a alejarse también del camino iniciado por Lutero en Wittenberg trece años antes. El punto de mayor fricción entre Servet y el considerado apóstol Pablo del protestantismo, Philipp Melanchthon, se encontró en la llamada Confesión de Augsburgo, la compilación de principios del luteranismo que este último se encargó de redactar para ser presentada ante la Dieta imperial en el verano de 1530. En su primer artículo, precisamente en el que católicos y protestantes no chocaban, el verso que fue Miguel Servet en el magma de la heterodoxia europea se soltó definitivamente. Se trataba de la asunción del credo niceano o, dicho de otro modo, la afirmación del dogma de la Trinidad. Para Servet, que Dios fuera uno y trino era algo más que discutible. Siendo consciente de que su posición se hallaba tan alejada de católicos como de protestantes, y definitivamente distanciado del confesor imperial Quintana, Servet se instaló por un tiempo en Basilea, el gran centro impresor que bombeaba libros reformados a toda Europa. Allí fue acogido en el otoño de 1530 por el humanista reformado Ecolampadio, que intentó infructuosamente reconducir las ideas de Servet. A tenor de las opiniones vertidas por este último se infiere fácilmente que la relación entre ambos fue de lo más tensa: «Me has impuesto tu presencia como si yo no tuviera nada más que hacer que responder a tus preguntas». Un ya maduro Ecolampadio no consiguió apagar el fuego antitrinitario que ardía en Servet, un joven «tan altanero, orgulloso y disputador, que nada se puede conseguir de él», hasta el punto de amenazarle con denunciarle. Después de estos desencuentros nada ataba a Servet a Basilea, por lo que trasladó su residencia a Estrasburgo. Allí, el pensador aragonés se prometió plasmar negro sobre blanco sus principios antitrinitarios. Lo hizo sin haber cumplido veinte años al entregar en una imprenta de Haguenau, muy cerca de Estrasburgo, su obra más rompedora, De Trinitatis Erroribus (Sobre los errores de la Trinidad, 1531). En ella hizo un alarde verdaderamente notable de sabiduría filosófica y teológica, que abarcaba desde la tradición grecolatina hasta el nominalismo bajomedieval, pasando por los primitivos padres de la Iglesia o las corrientes neoplatónicas que impregnaron el pensamiento cristiano a medio camino entre la Antigüedad tardía y el mundo altomedieval. Original, aunque no novedosa, con esta obra Servet colocó la piedra angular de su pensamiento, la refutación del dogma de la Trinidad, al asumir que la divinidad solo reside en el Padre, siendo el Hijo una mera encarnación de Dios, divina pero no eterna, y el Espíritu, una manifestación de la actividad de Dios solo presente en los hombres. Con todo, el desafío servetiano iba más allá, pues además de negar la existencia de una pluralidad metafísica de seres en una única naturaleza divina, entendía que la Trinidad misma, el Cerbero de tres cabezas que se aceptó en el Concilio de Nicea (325), carecía de base bíblica. La afrenta estaba hecha.

Siguiendo la costumbre de la época, Servet difundió su obra entre los círculos intelectuales reformados y, no sabemos si pecando de excesiva ingenuidad o de temeridad manifiesta, al propio Quintana o al arzobispo de Zaragoza, aguardando de ellos un improbable beneplácito. La acogida no fue en absoluto la esperada. Si su antiguo maestro Quintana aborreció de forma inmediata el contenido de la obra calificándola de pestilentissimun, Erasmo, al que tanto había admirado en sus años de formación, dio la callada por respuesta. Especialmente furibunda fue la reacción de líderes reformados como Bucer, su vecino en Estrasburgo, quien bramó furioso que Servet «merecía que le arrancasen las entrañas».

Portada de su obra Restitución del Cristianismo (1553). Wikimedia Commons.

El lector que haya alcanzado esta línea habrá comprobado que si de algo pecaba este intelectual es de tenacidad, una virtud cuyo exceso deriva en la obcecación. La misma que le llevó a insistir en su ideario, convencido como estaba de remar contra varias corrientes, como lúcidamente asumió en ese canto a la tolerancia que es De la Justicia del Reino de Dios: «Ni con estos ni con aquellos estoy conforme ni disiento en todo. Todos ellos tienen parte de verdad y parte de error. Y cada cual descubre el error del otro sin ver el suyo». No esperó un año para hacerlo, pues en 1532 publicó, otra vez en la imprenta de Sutzer en Haguenau, una nueva obra en la que respondía a las críticas que cosechó la anterior,  Dialogorum de Trinitate. Concebido como un diálogo ficticio con finalidad didáctica al modo erasmista entre el propio Servet y otro personaje, Petrucho, el autor incidía en sus planteamientos antrinitarios, ahondaba en ellos y aclaraba determinados aspectos: «Me retracto de lo que recientemente he escrito acerca de la Trinidad […]. No porque sea erróneo o falso, sino por incompleto y escrito de un niño para niños». Con este segundo desafío las consecuencias no se hicieron esperar: Quintana fue apartado de la corte y nombrado abad, mientras los líderes protestantes le dieron definitivamente la espalda. Del lado católico la ofensiva fue feroz. En Toulouse, la ciudad en la que siendo adolescente inició su senda heterodoxa, se dictó orden de busca y captura. En su tierra aragonesa, la Inquisición de Zaragoza mandó registrar todas las librerías en busca de sus obras, que fueron prohibidas por un decreto especial, y Juan, su hermano sacerdote, recibió el encargo de viajar a Alemania para intentar atraerlo y facilitar así su apresamiento. Aterrorizado, —«se me perseguía por todas partes para ser arrestado hasta la muerte»—,  Servet huyó a Lyon bajo una nueva identidad, la de Michel de Villeneuve, en lo que parece un homenaje a su pueblo natal, Villanueva de Sigena. En opinión de diferentes especialistas, esta estancia de casi un lustro en la ciudad del Ródano fue el periodo más sosegado de su vida. Allí se empleó en la imprenta de los hermanos Trechsel, de la que salió una nueva edición revisada de la Geografía de Ptolomeo, y entró en contacto con el mundo de la medicina de la mano del médico humanista Champier. Servet, polémico por naturaleza, se mostró incapaz de quedarse al margen de algunos de los debates médicos más en boga y controvertidos de la época, como la discusión bizantina en torno al origen divino del llamado mal español, la sífilis. El cada vez más creciente interés por la disciplina médica llevó a Servet a París, en cuya universidad figuraba como matriculado en 1537.

La reposada clandestinidad lionesa fue para este espíritu inquieto el acicate para embarcarse en la obra que le hizo inmortal llevándolo paradójicamente a la hoguera, la Christianismi Restitutio (Restitución del Cristianismo). Un embrión de esta le llegó a Calvino enviada por el propio Servet, deseoso de conocer la opinión del teólogo francés, que simplemente le obligó leer su Institutio religionis Christianae(Institución de la Religión Cristiana) ante la maraña de imperdonables errores doctrinales que vio en el texto servetiano. Sin atisbar ni por un instante cuál sería su destino, Servet agilizó los trámites de su sentencia de muerte cuando reenvió al altanero Calvino su Institución de la Religión Cristiana plagada de comentarios críticos al margen.

La circulación pulmonar a debate
Es común atribuir el descubrimiento de la llamada circulación menor o circulación pulmonar de la sangre a Miguel Servet. Ciertamente en pleno Renacimiento Servet rompió en Occidente con el paradigma galénico de la circulación sanguínea, vigente desde el siglo ii d. C., al negar la comunicación entre los ventrículos y asumir que el torrente sanguíneo pasaba de uno a otro solo previa circulación pulmonar para su oxigenación. La presencia de estas ideas en la Restitución del Cristianismo no debe ser vista como una rara avis, pues para Servet la fisiología revelaba la conexión divina del hombre: «Quien realmente comprende cómo funciona la respiración del hombre ya ha sentido la respiración de Dios». Sin embargo, la noción de una circulación pulmonar de la sangre tiene un origen previo, concretamente en el siglo xii, cuando un médico damasceno, Ibn al-Nafis, la incluyó en su Comentario sobre Anatomía en el Canon de Avicena (1242), una obra que, quizá por precoz, no fue aceptada por sus contemporáneos. El hallazgo de al-Nafis, que trabajó al servicio de los sultanes mamelucos de Egipto, habría pasado inadvertido de no haber sido redescubierto por un médico egipcio, que halló una copia del Comentario en la Biblioteca Estatal Prusiana de Berlín hace aproximadamente un siglo.  

El camino que conduce a la hoguera

Estatua de Miguel Servet atado de pies y manos a la estaca de la hoguera. Plaza Aspirant Dunand de París. ©Siren-Com/Wikimedia Commons.

Comoquiera que Servet se convirtió en un médico de renombre, sus servicios como facultativo fueron requeridos por el obispo de Vienne del Delfinado, ciudad donde vivió varios años ya nacionalizado francés. Gozar de una situación económica holgada y de unos asentados conocimientos fueron elementos determinantes para la exposición de su mayor aportación a la materia fisiológica, la circulación menor o pulmonar de la sangre, curiosamente contenida en el Libro V de la Christianismi Restitutio, que finalmente publicó completo, con sus iniciales como única firma, en Vienne en 1553. La obra a la que dedicó su vida es la síntesis más acabada de su ideario teológico que, en su definitiva fase madurativa, contiene, además de la afirmación contundente de la exclusiva humanidad de Cristo, evidentes paralelismos con el anabaptismo, movimiento con el que comparte la propuesta se posponer el bautismo hasta la edad adulta o la supresión de la estructura jerárquica y burocrática de la Iglesia. En resumidas cuentas, la restitución de la doctrina cristiana pasaba para Servet por la creación de una comunidad de creyentes que, sin necesidad de rituales ni ceremonias, únicamente dotada de la voluntad, tolerancia y humildad de sus fieles, configurara una congregación espiritual unida por lazos de compromiso mutuo.

Da vértigo pensar que de la que fuera última obra de Servet solo se salvaron de la destrucción tres ejemplares de los más de mil que llegaron a imprimirse saltando sobre la prohibición expresa de las autoridades católicas de Francia, de Alemania y del propio Calvino que, años antes, había expresado con toda claridad sus intenciones para con Servet en una misiva a un amigo: «Si viene aquí, si mi autoridad sirve de algo, nunca le permitiré que se marche vivo». La delación de un protestante de origen austriaco, afincado no casualmente en la Jerusalén de Calvino, de la identidad real que se escondía bajo las iniciales impresas en el libro —M:S:V— desencadenó una auténtica caza al hombre y a su obra. Desde ese momento, los hechos se precipitaron con una rapidez inaudita en el transcurso de 1553. En la primavera, fue detenido e interrogado, aunque la suerte quiso que pudiera escapar en el mes de junio de las autoridades católicas francesas. Eso no impidió su condena a muerte in absentia, la quema de su efigie y la destrucción de sus obras. Errabundo por un escenario que entonces acogía las luchas entre las dinastías Valois y Habsburgo por el dominio de territorios italianos, sin mucho sentido de su supervivencia Servet se dirigió en verano al centro de su particular Maelstrom, Ginebra. Allí no tardó en ser reconocido y llevado ante Calvino, que no dudó en hacer realidad su promesa epistolar. A poco que el lector conozca algunas de las circunstancias que rodearon al proceso que se inició de forma inmediata contra Servet, estará de acuerdo que debe figurar en un lugar relevante de la historia universal de la infamia. Además de tener que dirigir en solitario la estrategia de su defensa, pues se le negó un abogado, durante su cautiverio fue sometido a un implacable régimen de privaciones que le debilitaron profundamente. Cada vez más consciente de su más que segura sentencia a muerte, la figura de Servet adquirió en sus últimas semanas de vida una magnitud moral de dimensiones colosales, espíritu que se recoge en sus últimas alegaciones: «Estaré contento de morir si no le convenzo tanto de esto como de otras cosas […]. Os pido justicia, Señores, justicia» Todo fue en vano. La injusticia se hizo ley en la casa del fanático. A finales de octubre de 1553, el cuerpo exhausto, pero aún vivo, de Miguel Servet fue llevado envuelto en una túnica hasta el quemadero de la colina de Champel, donde Farel, fiel consejero de Calvino, le conminó a retractarse de sus errores. Servet respondió que no había hecho nada que mereciera la muerte. Rodeado de sus obras, que colgaban de unas cadenas a su lado, el reo fue empicotado reduciéndose a ceniza su cuerpo, como sus libros, al cabo de una hora de tormento. Hoy, en esa misma colina que vio arder a Servet reposa un monolito expiatorio que recuerda su suplicio. Curiosamente, otro recuerdo estatuario del pensador que se instalara en Annemasse, muy cerca de Ginebra, fue retirado por esos otros hijos prósperos del fanatismo más cercanos a nuestro tiempo, los colaboracionistas nazis de Vichy. Nihil novum sub sole.

Calvino. Wikimedia Commons.

Entre Calvino y Castellio
Cuando Stefan Zweig publicó Castellio contra Calvino (Acantilado, 2012) hacía dos años que había cruzado el Atlántico con destino a Sudamérica en busca de tierras más hospitalarias. Como Servet, el hombre por cuya memoria litigaron los dos protagonistas de esa obra, su vida corría peligro y sus libros acababan de ser prohibidos, no en la Europa de las inquisiciones católicas y protestantes, sino en la cuna del fanatismo nazi, Alemania. En este grito apasionado por la libertad de conciencia que es Castellio contra Calvino, un Zweig taciturno nos muestra dos modelos dicotómicos, el de la razón, representado por el humanista Sebastián Castellio, y el del delirio intransigente, frío e indiferente del teólogo Juan Calvino, de quien el escritor austriaco hizo uno de los retratos más memorables de la historia de la literatura. Castellio se nos presenta, en cambio, como el único ser capaz de poner ante el tribunal de la Historia a Calvino. Un año después del suplicio de Servet, con su pluma como único ariete, publicó De haerectibus an sint persequendi, un dardo directo a Calvino en el que se oponía frontalmente a la ejecución de los considerados herejes. De esta obra, traducida precisamente por otro exiliado, el extremeño Casiodoro de Reina, salieron sentencias que no está de más recordar: «Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer». Con Castellio contra Calvino, Zweig, arrastrando su desesperanzada sombra de exiliado fuera del continente que le vio nacer, lanza al viento una pregunta aún sin respuesta: ¿cómo una ciudad como Ginebra —trasunto de la Alemania de Weimar—, que se enorgullecía de ser una de las más libres y acogedoras de Europa, se plegó sumisa al dictado del gran inquisidor Calvino —o quizá Hitler—?

Representación del ajusticiamiento de Miguel Servet en la hoguera. Wikimedia Commons.

Para ampliar:

Barón, José, 1989: Miguel Servet: Su vida y su obra. Madrid, Austral.

Lutz, Heinrich, 2009: Reforma y contrarreforma, Madrid, Alianza [original en alemán de 1979].

Zweig, Stefan, 2012: Castellio contra Calvino, Barcelona, Acantilado [original en alemán de 1936].

Licenciada en Historia y profesora de Geografía e Historia en el IES Diamantino García Acosta de Sevilla. Investiga sobre movimientos heterodoxos y minorías religiosas de la Edad Moderna

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