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Bizancio en las aulas. Una propuesta iconoclasta

El mundo bizantino pasa por las aulas de secundaria fugazmente, sorprendiendo a algunos alumnos con brillantes mosaicos y algunos términos extraños, como musibara, cesaropapismo o iconoclasmo. Tan pronto como llega, desaparece para dar paso al mundo islámico, Carlomagno y la sociedad feudal. Cabe preguntarse ¿qué sentido tiene que nos detengamos a explicar el mundo bizantino cuando, por ejemplo, no se imparte nada sobre China, el Imperio persa o el auge del Imperio otomano? En este artículo responderé a esa pregunta desde un estudio de caso, el mío concretamente, de cuando me tocó impartir el tema bizantino por sorpresa.

En mi artículo anterior en Euxinos, dedicado a la batalla de Mandsikíert, hablé sobre el papel de la contienda en la memoria colectiva sobre el Imperio de la Nueva Roma, hoy conocido como Bizancio. Entonces mencioné cómo se ha venido utilizando en los manuales de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) de España como muletilla para hablar de otros fenómenos: desde la caída del Imperio romano hasta el surgimiento del islam.

Pues bien: mientras salía publicado aquel artículo, me llamaron para dar clase en la ESO por primera vez. Contaba además con un grupo de alumnos de segundo curso, así que me tocaría impartir, precisamente, la caída de Roma (al menos de la antigua) y su supervivencia en Bizancio. En este artículo hablaré de cómo intenté contrarrestar algunos estereotipos sobre el Imperio de la Nueva Roma y de insertar este tema como parte de una serie de procesos históricos fundamentales.

La odisea desde el Mare Nostrum hacia la Europa feudal

Empecé mi trabajo en el instituto durante la segunda semana del curso, tras una baja repentina de la profesora anterior. Cuando llegué no sabía por dónde empezar: la misma mañana que me confirmaron el puesto estaba ya solo en el aula. Después de un par de días de improvisación total y absoluta, el primer fin de semana empecé a montar mis clases casi desde cero. Afortunadamente, la profesora anterior había dejado en la plataforma virtual los borradores de algunas actividades: proyectos como un foro de debate sobre el islam en la actualidad o una entrevista a un historiador acerca de los estereotipos del mundo medieval. Sin embargo, a la hora de abordar el mundo bizantino, lo que encontré fue un PDF con datos históricos y una actividad de escape room: pasarás de nivel si sabes qué emperador fue derrotado en tal batalla, o cuál era el nombre bizantino de Estambul. Aunque la actividad podría haber sido entretenida, me parecía que ponía el foco en una serie de datos anecdóticos sobre Bizancio o, visto desde otro ángulo, que no se tenía muy claro qué se quería conseguir con toda esa información. Cabe preguntarse: ¿qué pinta Bizancio en la ESO?

Bizancio en la ESO
Según la legislación española, los contenidos relativos al mundo bizantino se imparten en el segundo curso de la ESO (alumnos de 13 o 14 años) en la asignatura de Geografía e Historia. Mientras que en 1.º de ESO estudian prehistoria e historia antigua junto a los contenidos de geografía física, 2.º de ESO está dedicado a la geografía humana y la historia medieval (Bizancio, el islam, el sistema feudal y la historia medieval de Europa noroccidental y en particular la peninsular).

Se trata de un problema que alcanza a la misma ley educativa, tanto en cuanto a la legislación estatal como a la autonómica (al menos en Madrid). En ambos casos, entre los contenidos a impartir aparece el ítem «Imperio bizantino», pero ya está, nada más. En la misma ley se llegan a indicar actividades muy concretas para otros contenidos. Se pide, por ejemplo, que los alumnos sean capaces de explicar la religión egipcia, describir las diferencias entre la democracia griega y las democracias contemporáneas, sopesar las diferentes interpretaciones sobre la conquista de América… pero a Bizancio parece que solo hay que «impartirlo».

Esa falta de concreción no quiere decir que no existan discursos implícitos sobre el pasado bizantino. Si en una síntesis de historia bizantina me centrara en el día a día de los campesinos o en los ceremoniales de la corte, mi público arquearía las cejas aún más que el mosaico de Justiniano en Rávena. El mundo bizantino tiene un papel diminuto en la memoria colectiva española, pero ese «Bizancio recordado» no tiene nada de inocente, azaroso o imparcial: se trata de una amalgama de discursos, ecos de debates más antiguos y mucho más amplios, acerca del papel de Bizancio en la historia de la humanidad.

Estos discursos a menudo tienen más que ver con lo que se ha dicho sobre Bizancio en los países de Europa occidental que con los testimonios bizantinos, empezando por el propio nombre que le damos a esta gente. Los habitantes del Imperio, junto al gobierno imperial, se identificaban como «romanos» independientemente de si hablaban latín o griego (que no tardaría en denominarse romeiká cuando se consolidó como lengua mayoritaria). Mientras tanto, en los territorios de Europa occidental, se les empieza a identificar como «griegos» a partir del siglo viii, algo que no sucede, por ejemplo, en las fuentes árabes. Ese cambio resultaría conveniente para la proclamación imperial de Carlomagno y su legado en el Sacro Imperio Romano Germánico: al transformar a los romanos en griegos, el título de emperador romano podía entenderse como una dignidad atribuible al monarca más virtuoso, ya fuera éste un griego o un franco (como el propio Carlomagno). Las fuentes posteriores, poco a poco, fueron retratando al «Imperio griego» como habitado por gente impía, afeminada y nada de fiar: quasi femina Graecus circuló como insulto del Occidente latino hacia la población grecoparlante. Siendo así, cualquier juego sucio político con ellos quedaba justificado, más aún sabiendo que en aquel imperio impío abundaban las riquezas. No por casualidad, una fuente latina contemporánea a la brutal conquista cruzada de Constantinopla describía el evento como un justo pago por el saqueo griego de Troya: así como los aqueos se ensañaron en su día con Ilión, los hijos de Eneas (entiéndase los cruzados latinoparlantes) volvían a Grecia a por venganza.

La sucesión de imágenes peyorativas no terminó con el fin de Bizancio. Los escritores de la Edad Moderna continuaron promoviendo una imagen negativa del Imperio, aunque por diferentes motivos. Durante las guerras de religión, por ejemplo, los escritores protestantes señalaban a Bizancio como ejemplo de cómo la Iglesia se había corrompido al entrar política, al mismo tiempo que, desde el lado católico, se recordaba a Bizancio como aquel Imperio que se había entrometido en los asuntos de la Iglesia, promulgando edictos y desterrando papas según conviniera al emperador. Para los pensadores ilustrados, nada podía haber más casposo que Bizancio: una amalgama de imperio, iglesia, dogmatismo, superstición y corrupción moral; algo así como el universo de Warhammer 40 000 para alguien a quien no le guste Warhammer 40 000. Aún hoy, el hecho de que gran parte de los estudiosos sobre Bizancio, en particular en España, provengan del ámbito de los estudios clásicos, lleva a que se suela analizar el pasado bizantino desde las expectativas del mundo clásico: esta crónica bizantina ¿se ajusta a las normas establecidas por Heródoto y Tucídides? ¿está este filósofo a la altura de Platón y sus discípulos? ¿es este un período de decadencia o se produjo un renacimiento del saber clásico?

Ni leyendas rosas ni negras
Tampoco debemos abrazar acríticamente a quienes hablen positivamente de los bizantinos. No pocas veces se ha idealizado a Bizancio al imaginarlo como vanguardia de un occidente cristiano unido en su lucha contra el oriente musulmán. Asimismo, el documental ruso «The Fall of an Empire: The Lesson of Byzantium» representa a los bizantinos como el equivalente medieval de la Rusia moderna, asediada a la vez por el islam y por el Occidente traidor y sediento de riquezas.

Lo que saco en claro de esta sucesión de imágenes, que empapa los contenidos que impartimos en clase, es que Bizancio es cuando Roma pasa de ser «nosotros» a ser un «otro». Bizancio nos ayuda a imaginar una caída de Roma que nunca sucedió en realidad. Nos repetimos que Occidente fue conquistado mientras que Oriente se degeneró (aunque solemos echar mano de eufemismos como «helenización» u «orientalización») porque nuestra perspectiva histórica se basa en relatos que buscaban explicar por qué Aquisgrán, París o Florencia son más importantes que Constantinopla para la historia en mayúsculas. Sin esa «transformación» de Roma en Bizancio, resulta difícil explicar que pasemos de analizar las culturas del Mare Nostrum a centrarnos en Europa noroccidental, aquella esquinita del Mediterráneo alejada de la Nueva Roma.

Un plan B para Bizancio

Vista toda la bilis que he soltado arriba, parecería que tengo un plan robusto para presentar Bizancio a los alumnos de secundaria. Desde luego no era el caso durante mi primera semana en el instituto. La caída de Roma y Bizancio eran el tema 1 y tenía que pensar algo rápido. Me centraré en cómo retoqué los contenidos de manera improvisada, sin salirme (mucho) de la normativa en cuanto a extensión y objetivos. Lo que me pareció más importante fue buscar la forma de encajar el mundo bizantino con procesos históricos que les resultaran más útiles a los alumnos.

Podemos empezar por aquello que no comenté en clase: adiós a conceptos como la tetrarquía o la división del Imperio romano en Oriente y Occidente. Entre las prisas y lo que consideré que aportaban esos fenómenos a la historia del Imperio romano, me pareció que podían confundir más que aclarar las cosas. Tanto la tetrarquía como la división Oriente-Occidente señalan una división administrativa del Imperio de corta duración: la primera sirve de introducción a la segunda, a la que se le ha dado una importancia desmedida (no surgieron dos «países» sino dos cuerpos administrativos para el mismo Estado). Cuando se depuso a Rómulo Augusto en Occidente, el Imperio se reunió de forma teórica, y las conquistas de Justiniano (algunas de ellas mantenidas durante medio milenio) se realizaron bajo un imperio unificado. También evité los nombres propios de emperadores y generales salvo cuando pudiera explicar su contribución debidamente (como en el caso de Justiniano y Teodora): no ayudará a nadie que los alumnos se queden con un nombre porque les permitió pasar de fase en el escape room.

Cuando se reducen los más de mil años de historia bizantina a una breve introducción, puede parecer que Justiniano, los cruzados y Mehmet II fueron casi contemporáneos en un Imperio que, en cuestión de unas pocas clases, se precipitó fugazmente del auge a la caída. Para evitar eso, puse mucho énfasis en la división por etapas de la historia bizantina, dividiendo el contenido en dos mitades. Por un lado, la Antigüedad Tardía, que recoge los contenidos del llamado Bajo Imperio hasta llegar a la batalla de Yarmuk (634), tras la que los musulmanes fueron abriéndose paso a expensas de Bizancio en buena parte del Mediterráneo. Les expliqué que la Antigüedad Tardía es una época y una forma de mirar al pasado; y que al Imperio romano a partir de aquella época se le ha pasado a llamar Imperio bizantino. Esto conviene relacionarlo con una clase dedicada a la historia del concepto de Edad Media, que se solapa con alguna dificultad a esta cronología. Siguiendo al periodo tardoantiguo o bizantino temprano, pasamos a analizar, como un tema aparte, los periodos medio y tardío del Imperio, que terminan con la Cuarta Cruzada (1204) y la conquista otomana de Constantinopla (1453) respectivamente. Para que todo esto no ocurra en un vacío, más adelante pedí a los alumnos que crearan una línea del tiempo en la que un tronco central, que representa al mundo mediterráneo controlado por Roma, se va dividiendo en tres ramas más estrechas (la cristiandad occidental, Bizancio y el mundo islámico) según van pasando los siglos. Así, creando la línea del tiempo y revisándola de cuando en cuando, esperaba que pudieran entender qué personajes o hechos históricos ocurrían antes, después o al mismo tiempo en diferentes partes del mundo mediterráneo.

Con una diapositiva similar empecé a hablar sobre el mundo bizantino en clase: no como la historia de un oriente separado de occidente sino como la de una ecúmene que se va separando en tres partes.

Dentro de cada uno de los dos bloques, intenté dividir la información que presentaba en categorías fijas que ayudasen a comparar los periodos entre sí: cronología, territorio, población, sociedad y economía, capitalidad, religión, arte y cultura. De esta manera, las preguntas principales tenían que ver con los cambios y pervivencias históricas en esos términos. ¿La fundación de Constantinopla? Se analiza como un cambio del periodo temprano, mientras que en períodos anteriores y posteriores no cambia la capital (se encuentra en Roma o Constantinopla, aunque pasemos por alto algunas excepciones). Los apartados de población, sociedad y economía los utilicé para abrir un debate que ya planteó Chris Wickham en El legado de Roma: ¿es preferible vivir en el mundo superpoblado, pero socialmente desigual de la antigüedad tardía o en una sociedad de economías locales y baja densidad poblacional como sería el Bizancio del siglo ix? El objetivo, en este caso, es plantar la semilla para debates más complejos sobre los diferentes sistemas económicos, el concepto de progreso y los desafíos sociales y de desarrollo sostenible para el futuro inmediato.

La segunda parte de los contenidos (Bizancio medio y tardío) tenía dos objetivos principales. Por un lado, busqué poder comparar esas etapas con el periodo temprano: por ejemplo, Bizancio volvió a ganar población en el período tardío pero su territorio se redujo hasta el punto de no poder competir con los demás países europeos, que también habían perdido y ganado población más o menos al mismo tiempo. También comentamos cómo el incremento de la población en el período tardío conllevó una mayor desigualdad social, aunque esta vez no adoptara la forma de la esclavitud. Por otro lado, me parecía importante subrayar la vigencia del mundo bizantino en la actualidad; más aún, conseguir que comprendieran cómo el pasado bizantino se ha utilizado para diferentes fines, a veces de forma contradictoria. La idea es que utilizaran lo que habían aprendido, por ejemplo, en el campo religioso (la evangelización de los eslavos o el Cisma de Oriente) para observar cómo, a la vez que los reyes medievales tomaron ideas de la corte bizantina y los juristas de buena parte del mundo basan el derecho en el corpus legislativo de Justiniano, en el mundo eslavo se acoge a Bizancio como parte de su historia frente a los occidentales, o en Grecia, incluso, se enmarca todo ello como parte de la historia nacional. Todo esto a la vez que algunos artistas modernos de todo el mundo se inspiran en el arte sacro ortodoxo, que bebe del bizantino, para representar todo tipo de cosas ─es aquí cuando incluyo el trabajo formidable de Alex Ramos, que representó a algunos personajes de la guerra de las galaxias usando el lenguaje artístico de los iconos ortodoxos─. Todo esto, al igual que los contenidos anteriores, los organicé en esquemas lo más sencillos posibles a fin de que a mis nuevos alumnos no les estallase la cabeza.

Bizancio importa en España
De la misma manera que se conoce la importancia de estudiar los orígenes del islam por su peso en el mundo actual (tanto en los países musulmanes como en países con una comunidad musulmana importante como es España), otro tanto podría decirse del mundo bizantino. Rumanía es el segundo país de origen de la población inmigrante en España, a la que se añade la población de otros países de la esfera ortodoxa como Bulgaria y Ucrania. Mientras que los estudios bizantinos suelen justificarse en su importancia por su conexión con el mundo romano, también resulta conveniente explicarlo en relación con mundo ortodoxo y, en general, a la diversidad de comunidades cristianas que han marcado la historia lejana y reciente.

Junto a mis presentaciones y los debates en clase, dediqué un tiempo a consolidar ideas examinando fuentes primarias bizantinas. Durante las sesiones que dediqué directamente a Bizancio solamente analizamos dos textos: el edicto de Tesalónica en el que se consolida el cristianismo niceno como religión del Imperio (380) y un par de extractos de autores bizantinos del siglo xi en los que se observa cómo las referencias clásicas coexisten con las alusiones a la Biblia y al dogma cristiano. En esas ocasiones, los textos ayudaron a fijar una idea que se había explicado de forma teórica, de manera no muy diferente a como las ilustraciones de la presentación trataban de mostrar una idea igual o mejor que el texto que la acompañaba (mostrando Constantinopla en su época de esplendor, los mosaicos de Santa Sofía o el foro de Nerva siendo reutilizado como granja en la Antigüedad Tardía). Sin embargo, Bizancio siguió dando la lata en los meses siguientes, a la vez que impartíamos otros contenidos. Durante la tremenda nevada de Filomena, a través de una plataforma online, leímos y analizamos la vida de una santa peculiar: santa María o Marinos, como se hizo llamar al tomar los hábitos para seguir a su padre a un monasterio, por lo que tendría que fingir ser un hombre durante el resto de su vida. Poco antes, los alumnos habían elaborado en clase una moneda de algún reino medieval, siguiendo sobre todo las directrices de las monedas de Justiniano. Estas actividades buscaban abrir el melón sobre qué podíamos llegar a saber acerca del pasado medieval a partir de las diversas fuentes, pero trajeron a Bizancio de nuevo a la palestra para entenderlo en relación con otros fenómenos históricos.

Los resultados del tema bizantino fueron satisfactorios. Al final del curso, algunos alumnos lo señalaron como su tema favorito, lo que contrasta con el poco tiempo que tuve para preparar las actividades. En todo caso, aún quedo a la espera de comprobar si he conseguido que, encajando a Bizancio de esta forma, se facilite el desarrollo de discursos más amplios sobre la historia. Por lo pronto, a mis alumnos les ha podido servir para entender por qué las diferentes formas de arte altomedieval en el Mediterráneo pueden llegar a parecerse tanto entre sí (se van alejando del antepasado común como lo reflejaba la línea del tiempo) o a situar mejor el origen del Imperio otomano (que viene a ocupar el antiguo espacio bizantino). Habría que ver si algunos alumnos se pisparían de la influencia bizantina ya en los siguientes cursos. La mención de la guerra de la independencia griega en el marco de las revoluciones liberales, por ejemplo, podría tener un giro irónico, al querer los griegos revivir un imperio que se definía a sí mismo como romano. El colapso violento del Imperio otomano durante y después de la Primera Guerra Mundial traería ecos del pasado bizantino, permitiendo comprender la enorme diversidad interna del Imperio tanto a nivel lingüístico como religioso. Finalmente, cualquier relato que enfrente a Europa occidental y oriental, ya lo escribiera el zar Nicolás o Stalin, se entenderá mejor a la luz del Cisma de Oriente y al uso político del pasado bizantino. Gracias a las políticas de Putin y de Erdoğan, son pocos los años en los que no surge una noticia bizantina de actualidad, que invite a los alumnos a recapitular sobre el pasado lejano de una esquina del Mediterráneo no tan lejana.

Para ampliar:

Angelov, Dimiter, 2003: «Byzantinism: The Imaginary and the Real Heritage of Byzantium in Southeastern Europe» en Elias-Bursać, Ellen, Yatromanolakis, Nicholas y Keridis, Dimitris, New Approaches to Balkan Studies, Dulles, Potomac Books.

Cameron, Averil, 1992: The Use & Abuse of Byzantium: An Essay on Reception, Londres, School of Humanities, King’s College.

Dagron, Gilbert, 2007: Emperador y sacerdote: estudio sobre el «cesaropapismo» bizantino, Granada, Universidad de Granada [original en francés de 1996].

Kaldellis, Anthony, 2019: Byzantium Unbound, Leeds, Arc Humanities Press.

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Doctor en estudios bizantinos, otomanos y neogriegos por la University of Birmingham.

3 COMENTARIOS

  1. Estoy de acuerdo con la mayoría de los puntos expuestos aquí y creo que el autor es probablemente un brillante historiador y maestro. Me pregunto dónde enseña: se le debería pagar el doble. Una comprensión profunda de lo que representó Bizancio a lo largo de 12 siglos de historia mundial es imperativa para judíos, cristianos y musulmanes por igual. Todos somos Bizantinos! Sin embargo, no estoy de acuerdo en que debamos dividir la historia en 3 partes (antigüedad, medievalidad, modernidad), porque estas divisiones cobran vida propia y crean falsas mistificaciones que pueden conducir y conducen a cosas malas (por ejemplo, El Tercer Reich … .).

    Bueno, la mayor parte de la cirrucula de la historia occidental debe cambiarse para centrarse más en 12 siglos de civilización bizantina, que representó TODA la civilización occidental (y todavía lo hace) sin disminuir el enfoque en lo que vino antes y después. Demasiadas personas, especialmente los bizantinistas, están preocupados por sus propias carreras y libros tratando de demostrar que Bizancio era básicamente un «estado-nación» preindustrial en lugar de lo que realmente era: todo el mundo conocido sujeto al derecho romano (oecumene / oikoumene). Las ideas de que Bizancio era una república y esencialmente un estado-nación llamado «Romanía» eran ideas divertidas y presumiblemente vendidas bastante bien, pero reducen la profunda importancia historiosópica de Bizancio a poco más que un gabinete premoderno de «curiosidades» que pueden sentarse en los estantes de telarañas de la intelectualidad, pero no durará más que las sedes de Constantinopla, Roma o Moscú.

    Si vamos a llevar a cabo realmente una «renovatio imperii» a gran escala, debemos embarcarnos en un proceso que durará generaciones para volver a Bizancio al centro del aula y el paradigma civilizatorio arraigado en los asuntos monoteístas debe reemplazar la bancarroto del relativismo moral del «fin de la historia».

    Psellos diría: La historia nunca termina.

  2. Me parece preciosa tu dedicación y esfuerzo! Se ve claramente que eres un apasionado de la historia y estoy seguro un excelente profesor! Ojalá todos los profesores tuvieran un impetú así!

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