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Teseo y las paradojas de la democracia

¿Puede un rey ser democrático? Los atenienses de la Antigüedad tuvieron que lidiar con esta pregunta tan moderna y que encierra una aparente contradicción, cuando pensaron qué lugar debía ocupar su mítico rey Teseo, muy querido por ellos, dentro del régimen democrático del que tan orgullosos estaban. Las diferentes respuestas y debates a esa pregunta nos revelan una constelación de percepciones y sensibilidades hacia la democracia, atravesada por la procedencia de los distintos grupos sociales y los proyectos vitales que cada uno buscaba introducir en la ciudad.

Una de las paradas que los turistas suelen hacer cuando visitan Atenas es el Areópago, antiguo tribunal aristocrático, situado frente al lado occidental de la Acrópolis. Justo en su entrada una placa en griego, no en inglés —testigo quizá de un tiempo ya extinto, cuando la ciudad aún no estaba turistificada— recuerda el discurso que allí pronunció Pablo de Tarso en el siglo i de nuestra era y recogido en Hechos de los apóstoles. Pablo quedó impresionado con la ciudad, a la sazón uno de los principales centros urbanos y culturales del mundo. Abrumado por la cantidad de santuarios y estatuas de dioses que se levantaban a su alrededor, Pablo no pudo evitar comenzar con un «atenienses, en todo veo que sois los más religiosos».

El apóstol tenía razón. Atenas era, ciertamente, una maraña de héroes, mitos, dioses, santuarios, asociaciones religiosas y festivales que llenaban de sentido y de cohesión a la pólis, la ciudad y su comunidad. Atenas, eso sí, se cuidaba mucho de que algunos elementos de la maraña destacaran, y entre ellos estaba Teseo. Y es que el mítico rey de Atenas era más que un rey: héroe civilizatorio y semejante a Heracles, constituía uno de los núcleos principales de los relatos de los orígenes de la ciudad y, probablemente desde el alto arcaísmo (siglos viiivii a.C.), se le relacionaba con la remota acción sinecística —de unidad política— que hizo confluir los núcleos urbanos del Ática en torno a Atenas. Tal era su importancia simbólica para la pólis que Cimón, el famoso político de la primera mitad del siglo V a.C., repatrió lo que afirmaba que eran sus huesos y los depositó en el centro de Atenas, creando un auténtico lugar de memoria y conmemoración en la ciudad.

Atenas desde la Acrópolis (David Sierra).

El nacimiento de una ciudad
Por sinecismo se entiende el acto de unión política —y, por extensión, religiosa— de varias comunidades o núcleos de población en torno a un núcleo principal o para crear uno nuevo; una pólis. Es un fenómeno extendido en el Mediterráneo antiguo (Roma es un caso paradigmático) y particularmente en Grecia. El caso más conocido es el de Atenas, que unificó políticamente en torno suyo el territorio del Ática. La fecha exacta es sujeto de un amplio debate, desde autores que lo sitúan en época micénica (siglo xii a.C.) a la de Clístenes (últimos años del siglo vi a.C.), aunque los últimos momentos del siglo viii a.C. y principios del siguiente suelen ser los más citados, cuando probablemente tuvo lugar un pacto entre las élites del Ática. Para los antiguos atenienses el sinecismo ocupaba un lugar central en su historia y en su comprensión de su comunidad. Según ellos había sucedido en dos fases, que atribuían, respectivamente, a su mítico rey Cécrope y al propio Teseo (lo que quizás nos diga que fue un proceso dilatado en el tiempo), y lo conmemoraban, desde fechas muy tempranas, en la fiesta de las Sinecias. De este modo el sinecismo era, a ojos de los antiguos y se podría decir que de nosotros también, uno de los momentos constitutivos de la ciudad. No hay que olvidar que el territorio que comprendió el sinecismo conformó el tercer Estado más extenso de Grecia hasta el siglo iv a.C., con unos 2400 kilómetros cuadrados, solo por detrás de Esparta y Siracusa.

Un rey generoso

Cualquiera que se acerque al mundo político de la Atenas clásica (siglos viv a.C.) notará más pronto que tarde que los atenienses de aquel tiempo percibían a Teseo como un rey democrático. Teseo no solo habría sido artífice del sinecismo, sino que, acto seguido, habría instaurado en la ciudad un régimen igualitario que, interrumpido por la tiranía pisistrátida del siglo vi a.C., los atenienses habrían disfrutado por siglos. La isonomía —igualdad ante la ley—, pilar conceptual de la democracia inaugurada por Clístenes el Alcmeónida hacia el 508/7 a.C., habría sido custodiada y garantizada por Teseo desde tiempo ancestral, y se habría unido al sinecismo como segunda —y no menos importante— hazaña política del héroe.

Según cuenta Plutarco en su Vida de Teseo, el rey, sin dejar de reinar, habría cedido la democracia por voluntad propia y a título personal. Al diseñar él mismo los cuadros sociales y las funciones políticas del nuevo régimen surgió un sistema a ratos autoritario y despótico. Según Plutarco, al mantener a raya a la más rancia nobleza y reservándose para sí mismo la supervisión de las leyes y el mando militar, Teseo engañaba al pueblo con una falsa libertad. En las Suplicantes de Eurípides, Teseo subraya este carácter otorgado de la democracia, complacido por haber liberado «a esta ciudad por la igualdad de voto» y dispuesto a ceder la isegoría, libertad de palabra. Décadas más tarde, Isócrates se maravillaba de que un rey en la flor de la vida y con «un reino muy seguro y grande» que le aseguraba un futuro acomodado, hubiera «confiado al pueblo el gobierno», haciéndolo «señor de la política».

Así, en sus orígenes míticos, la célebre democracia ateniense habría sido otorgada y tutelada, lo que aparentemente choca con la imagen popular que solemos albergar de Atenas como democracia directa y radical. ¿Cómo es posible esta contradicción entre monarquía y gobierno popular? ¿Y por qué un régimen democrático buscaba colocar en sus comienzos un elemento conservador, rayando lo reaccionario, como el de una libertad otorgada, y no conquistada por el pueblo? Hay que recordar que todo el relato de la democracia, al menos durante del siglo v a.C., estaba construido sobre la expulsión de los tiranos, en oposición a todo lo que supusiera el gobierno de uno solo. Esto era así hasta el punto de rendirle pleitesía pública a las mentes detrás del fin de la tiranía, los tiranicidas Aristogitón y Harmodio. El contraste con el relato de un rey democrático no puede ser mayor.

Copa de Aisón. Muestra la victoria de Teseo sobre el Minotauro en presencia de Atenea (Museo Arqueológico Nacional de Madrid, circa 430 a.C.). © Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons.

Teseo, monarca polifacético

Desde el punto de vista de la filosofía política, es cierto que los griegos aceptaban los regímenes híbridos. El propio Aristóteles lo afirma en su Política, cuando acepta que las categorías gubernamentales —monarquía, aristocracia, democracia, y sus contrarios— no son excluyentes entre sí, sino que pueden combinarse y mezclarse. En el terreno de la práctica política, en Atenas existía la magistratura monárquica, la del arconte basileús o rey, pero estaba constreñida a funciones estrictamente ceremoniales y un puñado de prerrogativas judiciales. Por otro lado, tampoco puede afirmarse a la ligera que Teseo fuera un residuo de una hipotética monarquía ateniense primigenia, de la que no nos habrían quedado pruebas pero que probablemente existiera. La «caída» de la monarquía, si es que hubo algo digno de tal nombre, y el paso hacia una aristocracia, solo puede plantearse con muchas reservas y, desde luego, no en términos tan binarios. Tampoco se han encontrado restos de un supuesto «palacio real» (mégaron) micénico en la Acrópolis. Quizá el edificio oval del primer arcaísmo (finales del siglo ix a.C.) que fue encontrado en las colinas del Areópago pudiera haber albergado estas funciones, pero de por sí solo es incapaz de explicar todo un proceso tan huidizo y complejo.

El largo camino a la democracia
Clístenes, de la importante familia de los Alcmeónidas, introdujo en Atenas las reformas democráticas del 508/7 a.C., dividiendo el territorio del Ática en circunscripciones diseñadas de tal forma que diluyeran posibles relaciones de dependencia en su interior, y de las que se sorteaban y elegían a los ciudadanos llamados a ocupar los cargos estatales y políticos. Es por ello que Clístenes no solo acometió el cambio de régimen, sino que también ideó una de las bases de la democracia, lo que se ha denominado «institucionalización de la desconfianza», o, en otras palabras, la puesta en marcha de mecanismos que eviten la formación de camarillas de poder, intereses creados o clientelas, y que pudieran distorsionar el correcto y justo funcionamiento de la democracia directa. La posterior consolidación del sorteo y del salario como instrumentos de participación política, así como el recorte de prerrogativas del tribunal aristocrático, el Areópago, caminaban en esta dirección ya marcada por Clístenes al dividir de forma artificiosa el territorio electoral (una idea que tendrá ecos en la formación de distritos administrativos deliberadamente artificiales en la Francia revolucionaria).

Pienso que para encontrar una respuesta más o menos satisfactoria a la razón de ser del monarca democrático hemos de indagar en la memoria colectiva y en el imaginario cambiante del pueblo ateniense. En cierta forma Teseo representa la pólis y sus valores ciudadanos, en una relación íntima con ella que hace que su personaje se resignifique continuamente, llenándose de contenido maleable y mestizo conforme a las necesidades que la ciudad va teniendo en cada trance histórico. De este modo, la pólis va diseñando sucesivas invenciones de la tradición, por usar la terminología de Eric Hobsbawm y Terence O. Ranger, remodelando los mitos originarios, alterando el papel que jugaron los principales protagonistas de la ciudad, en función de la hegemonía política de cada momento. Porque el pasado siempre se forma desde un presente que lo rememora. A cada sentir político le seguiría una forma específica de recordar a Teseo. Es así que del Teseo sinecístico y aristocrático del siglo vi a.C. (todavía en la segunda mitad del siglo v a.C. Tucídides, y probablemente Sófocles, mantendrán esta visión «dura» de Teseo como rey autocrático), pasamos a otro que empieza a dotarse de contenido isonómico o igualitario, probablemente desde las reformas democráticas de Clístenes en las postrimerías del siglo vi a.C. La cuadratura del círculo entraba en funcionamiento.

El «nuevo» rey democrático llenó el imaginario de la ciudad que abría sus puertas a la democracia, y estuvo al servicio de los diferentes sentimientos políticos de los dos siguientes siglos; aunque si bien no podemos descartar un Teseo popular, probablemente cercano a Temístocles; es en los discursos y acciones de los sectores conservadores donde su nombre reverberó con más fuerza. Tan es así que, especialmente en el siglo iv a.C., se empezó a elaborar un relato conservador de la historia de la ciudad, gobernada, sí, en régimen de dêmokratía, pero debidamente controlada, y preferiblemente bajo la égida de grandes (y ricos) hombres. Así, rasgos reaccionarios como la beneficiencia, el pastoreo de un pueblo agradecido y la benevolencia desinteresada del poder se vuelven lugares comunes en las descripciones que políticos como Isócrates o Demóstenes hacen del rey. En virtud de ello, Teseo fue el primer hito en una serie de estadistas a veces discutiblemente democráticos, entre los que se hallaban el legislador Solón y el propio Clístenes. Teseo se convirtió, hasta cierto punto, en un garante simbólico del proyecto de democracia moderada de los sectores propietarios y privilegiados de la ciudad. En el otro lado del relato, la presión o pujanza popular que habría conducido a Clístenes a incorporar al dêmos a las palancas del gobierno, o los largos procesos de empoderamiento político de los sectores artesanales y campesinos, quedaban debidamente oscurecidos y apartados.

En el preludio a su narración de la peste de Atenas del 430 a.C., Tucídides informa al lector de que él escribe para «caso de sobrevenir otra ocasión, pueda conocérsela mucho mejor al tener información previa». Siguiendo este afán comparativo, tan griego, no deja de ser curioso que los atenienses ya imaginaran algo que los teóricos políticos de nuestros dos últimos siglos pusieron en práctica, esto es, democracias parlamentarias más o menos tuteladas por dinastías reales que en muchos casos se remontan a un mundo que ya no existe, el feudal, pero que nos sigue apelando y dotando de sentido nuestra realidad. O qué decir de ese contenido tan moderno y progresista que se atribuye a los monarcas medievales más importantes en la historia de las actuales naciones (esos «dioses útiles», que diría Álvarez Junco). Cada sociedad tiene sus mitos, y en tanto que hacedora de ellos, es también la responsable de gestionarlos. Quizás las múltiples caras de Teseo nos ayuden a mirar más incisivamente nuestra propia realidad y a pensar con otros ojos nuestros referentes míticos.

Estatua de Teseo del escultor Georgios Vitalis (1868). © George E. Koronaios / Wikimedia Commons

La tradición en el nacionalismo moderno
La «invención de la tradición» es un término bien asentado en la historiografía y, en general, en Ciencias Sociales, desde que hace ya unas décadas los historiadores británicos Eric Hobsbawm y Terence Ranger publicaran la obra del mismo nombre. En ella se advierte de que buena parte de las tradiciones que hoy día damos por sentadas y que asociamos a la noche de los tiempos realmente son relativamente recientes. El siglo xix, centuria fecunda en cambios de calado y madre del nacionalismo, produjo toda una panoplia de símbolos y rituales asociados a la nueva doctrina nacionalista, con el objetivo de vincular los nuevos regímenes liberales con un pasado inalterable y milenario en algunos casos. La tradición, mediante sus mecanismos repetitivos, como los rituales, los símbolos o los festivales, fue un vehículo ideal para inculcar los cambios de los nuevos tiempos. Aunque nació pensado para explicar el mundo contemporáneo, la «invención de la tradición» gozó de un éxito inmediato y se ha aplicado a todo tipo de lugares y cronologías, especialmente las que implican la introducción de cambios profundos. Donde quiera que sea aplicada, suele llevar aparejada movimientos implícitos o explícitos dirigidos a generar sentimientos de pertenencia a una nación, un Estado o una comunidad política; lo que ha redundado en ser un concepto flexible de aplicar y de gran interés para comprender las sociedades humanas.

Partenón de Atenas (David Sierra).

Para ampliar:

Loraux, Nicole, 2017: Los hijos de Atenea. Ideas atenienses sobre la ciudadanía y la división de sexos, Barcelona, Acantilado [original en francés de 1981].

Plutarco, 2011: Teseo- Rómulo. Vidas paralelas, traducción, edición y notas de Aurelio Pérez Jiménez, Madrid, Gredos.

Valdés, Miriam, 2012: La formación de Atenas. Gestación, nacimiento y desarrollo de una polis (1200/1100-600 a.C.), Zaragoza, Libros Pórtico.

David Sierra Rodríguez

Doctorando en Historia Antigua de Grecia por la Universidad de Granada.

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