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Gonzalo Guerrero, un castellano entre los mayas

De soldado castellano a guerrero maya. Gonzalo Guerrero se embarcó hacia el Nuevo Mundo a inicios del siglo xvi en busca de una vida mejor. Pero un naufragio le llevó a territorio maya, donde logró sobrevivir e incluso ganar respeto y fama. Con una familia formada y asentado como un indio más, Guerrero rechazó volver con los castellanos cuando tuvo oportunidad.

El sonido de la flauta sobrevuela el ambiente. Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar están amarrados y desde su posición han visto rodar las cabezas de sus compañeros. Los salvajes se están comiendo a los pocos tripulantes que han sobrevivido al naufragio. La nave encalló en los bajíos que llaman de Las Víboras, porque allí las embarcaciones caen como lagartos en la cola de las serpientes. Huele como en la puerta de las carnicerías de Castilla. Gonzalo y Jerónimo han sido reservados para el próximo festín. Están forcejeando para soltarse las ataduras y salir de allí cuanto antes.


El 17 de noviembre de 1978, Juan Carlos I y la reina Sofía aterrizaron en Cancún. Era la primera visita oficial de un monarca español a México. Un grupo de mariachis tocaba con más entusiasmo que eficacia el Que viva España. Y cuentan también las crónicas de aquellos días que los cancunenses empezaron a entregar regalos a los Reyes. Entre ellos una figura de carey que representaba a Gonzalo Guerrero.

Se preguntaría el rey de España al ver aquella escultura: «¿quién demonios es este tío esculpido como un indio barbudo?». Quizá voy tarde pero, Juan Carlos, le voy a decir quién fue Gonzalo Guerrero. Preste atención.

Estatua de Gonzalo Guerrero en Akumal, Quintana Roo, México. Wikimedia Commons.

Siempre que tenemos curiosidad por algún suceso o personaje histórico, parece de historiador serio decir que hay pocas fuentes, se sabe poco del tema y que ha sido olvidado por los estudiosos. A mí siempre me ha parecido lo que ahora llaman un disclaimer para que el lector sepa que hay muchos vacíos en lo que se va a contar. Esto tiene un afluente que desemboca en una envidia feroz a los novelistas que rellenan los silencios históricos sin ser juzgados. Amigo historiador, hazte novelista y acaba con tu sufrimiento. En momentos de duda yo acudo a la sabiduría simple de mi padre y él aquí me diría: «lo que hay es lo que hay». En el caso de Gonzalo Guerrero, a mí ya me parece bastante que sepamos cosas de un tipo que se perdió en la selva con los mayas.

También podríamos dejar que a partir de aquí hablen por mí los cronistas de la época y enlazar multitud de citas de fuentes muy importantes. Pero puede ser aburrido y el castellano antiguo no destaca por su fluidez de lectura. Mejor te lo cuento yo, usted solo tiene que saber que no existe una versión oficial de estos sucesos (de hecho, esto aplíquelo a todo lo que lea sobre historia), que las versiones abundan, y todas son espectaculares. Si le gusta lo que va a leer, al final tiene bibliografía donde seguir rascando hasta quedarse sin uñas. Retomando: ¿quién fue Gonzalo Guerrero?

Gonzalo Guerrero nació en el último tercio del siglo xv en Palos, «cuna del Descubrimiento», tal y como reza en su escudo actual. Se trata de un puerto andaluz situado en Huelva, del que partió Colón con sus naves en busca de las islas de las especias navegando hacia el oeste. Le recuerdo que Cristóbal Colón fracasó. Sí, encontró un continente desconocido por los europeos que le reportó a la Corona castellana una ingente cantidad de riquezas y, sobre todo, tantos metales como para construir un puente de plata desde el Potosí a Castilla. Pero las especias no. Colón fracasó. Así que la Corona animó a otros ansiosos de fama, honor y fortuna para que siguieran buscando el paso a las Indias. Le recuerdo que este objetivo no se logró hasta la expedición de Magallanes-Elcano. Partieron cinco naves y más de doscientos tripulantes, de los que, a los tres años, solo un puñado de supervivientes llegaron a Sevilla sobre la destartalada Nao Victoria. Pues con las especias de esta única nave se cubrieron todos los costes del viaje y resultó un negocio rentable para los inversores. Pero eso no ocurrió hasta 1522, antes contamos con los intentos y desventuras de Nicuesa, Ojeda, Balboa, Ovando y, entre ellos, Gonzalo Guerrero.

Arcabucero del Gran Capitán
Gonzalo Guerrero participó como arcabucero al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba en la conquista de Granada y las guerras de Nápoles. En Granada ya puso en práctica las innovaciones tácticas y el aprovechamiento de todos los recursos posibles que llevó a Fernández de Córdoba a ser aupado como uno de los jefes militares más destacados de la historia castellana. Tras la conquista fue enviado a Italia para luchar contra Francia por la hegemonía en el territorio. En Nápoles derrotó a los franceses y sus éxitos militares le valieron ser conocido como el Gran Capitán. En este ambiente se formó como soldado Gonzalo Guerrero, aprendiendo las mejores tácticas militares del momento, que luego enseñó y puso en práctica con los indígenas de su tribu.

Excavación arqueológica en el puerto histórico de Palos ©ArthurFerna/Wikimedia Commons.

Nuestra historia comenzó en 1511, cuando Vasco Núñez de Balboa intentaba asentar la primera colonia española en Tierra-Firme: Santa María la antigua del Darién. Además, estaba recabando toda la información posible para encontrar el océano Pacífico, ese ansiado paso a las especias. Debía rendir cuentas con Santo Domingo, en la isla de La Española, donde se tomaban las decisiones en aquellos momentos. Balboa envió una carabela capitaneada por Juan de Valdivia desde Darién a La Española con una veintena de tripulantes entre hombres y mujeres. Gonzalo Guerrero iba a bordo. Por entonces aún no se conocía bien el mar Caribe y la embarcación fue empujada a unos bajíos cerca de Jamaica. La nave encalló y empezó a hacer aguas mientras los tripulantes que podían se subían a un batel para sobrevivir. La corriente los arrastró durante dos semanas. La insolación y la deshidratación de aquellos que no quisieron beberse sus propios orines dio cuerpos sin vida a los tiburones caribeños, dejando un rastro de muerte hasta que el batel llegó a una tierra desconocida: la península de Yucatán. Los primeros españoles en pisar este territorio maya eran náufragos al borde de la muerte. No supusieron una resistencia difícil para los nativos, que tomaron presos a los castellanos y los llevaron ante el cacique para que decidiera qué hacer con estos seres con pelo en la cara y extrañas vestiduras.

La decisión del cacique siguió la costumbre: ritual de sacrificio del enemigo y un buen festín de carne humana. Ahí estuvieron Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, aguardando en la despensa maya, viendo aquel espectáculo.

Aquella noche lograron librarse de sus ataduras y se refugiaron en otro asentamiento nativo cuyo cacique era enemigo del cocinero de náufragos. Guerrero y Aguilar fueron acogidos…

Región del Darién en el límite de las actuales Colombia y Panamá ©Milenioscuro/Wikimedia Commons.

…como esclavos, claro. En su nuevo rol, los dos únicos supervivientes castellanos no solo tuvieron que emplear sus fuerzas en la caza, pesca, plantación, limpieza y recolección de maizales, también iban a la guerra con sus amos. Malnutridos y explotados, pero vivos, los castellanos participaron en batallas contra las tribus rivales.

Pero aquí fue donde Gonzalo Guerrero se encontraba en su salsa (que no se entere el cocinero). Era un experimentado soldado que enseñó a su bando tácticas castellanas para el combate, superiores al modo de ataque alocado que practicaban los indios. En una cultura guerrera, la pericia de Gonzalo Guerrero le hizo destacar.

Logró rescatar al jefe de la tribu de los Cheles en una refriega, lo cual le reportó un honor absoluto. Fue mérito suficiente para obtener la libertad y Gonzalo Guerrero pasó a vivir como un indio más. Se perforó las orejas, se tatuó, tomó como esposa a la hija del jefe que había salvado, tuvieron hijos, empezó a adorar a sus dioses e incluso cuentan que consintió el sacrificio de su primogénita en la pirámide de Chichen Itzá.

Quizá no era la vida que había soñado en el Nuevo Mundo cuando partió de Castilla, pero entre los mayas tenía fama, una familia y tierras fértiles cercanas a una playa paradisíaca.

Otros náufragos
La historia de la llegada de los europeos al Nuevo Mundo cuenta con muchos relatos de náufragos que tuvieron que sobrevivir en un territorio desconocido y, en muchos casos, hostil. Al igual que ocurre con Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, las noticias sobre estos sucesos suelen ser escasas, ambiguas y contradictorias. Pero podemos mencionar también el caso de Francisco del Puerto. Pertenecía a la partida de Juan Díaz de Solís, de la que todos perecieron en el Río de la Plata por un ataque indio en 1516, excepto Francisco. De él se cuenta que fue rescatado diez años más tarde por la expedición de Sebastián Caboto. También podemos disfrutar de una apasionante lectura con la obra Naufragios, en la que Álvar Núñez Cabeza de Vaca cuenta su periplo por la Florida y el sur de los actuales Estados Unidos.

En 1519, ocho años después del naufragio, Hernán Cortés desembarcó en Cozumel para iniciar la conquista de aquel territorio. Tenía noticias de que dos castellanos vivían entre los indios y mandó rescatarlos: eran cristianos vasallos de la Corona de Castilla y, todavía mejor, conocían aquellas tierras y la lengua de los nativos. Servirían de intérpretes.

Desde sus naves, los castellanos vieron acercarse a tres indios en un bote. El pelo largo recogido como mujeres, rapados sobre las orejas, apenas llevaban ropa suficiente para tapar sus vergüenzas. Observaron sus movimientos con alerta. Uno de ellos tenía barba, cosa extraña entre los indígenas. Escucharon gritar desde el bote en un castellano a trompicones: «señores, ¿sois cristianos?». Era Jerónimo de Aguilar, estaba a salvo y regresaba con los suyos.

Gonzalo Guerrero no tomó la misma decisión. Bernal Díaz del Castillo, en su obra Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, dice que Aguilar fue a su encuentro y le leyó las cartas en las que Cortés le pedía que volviese, a lo que Guerrero respondió: «hermano Aguilar, yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerra; íos vos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¿Qué dirán de mí desque me vean esos españoles ir desta manera? E ya veis estos mis hijitos cuán bonicos son. Por vida vuestra, que me deis desas cuentas verdes que traéis para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra».

División de cacicazgos mayas en el siglo XVI según Ralph Roys. ©Ecelan/Wikimedia Commons.

Es decir, Gonzalo Guerrero tenía fama, honor, una familia y quizá volver con los castellanos era empezar de cero otra vez, pensaría: «Kukulkán, Kukulkán, que me quede como estoy». No solo se quedó con los indios, Gonzalo Guerrero acabó luchando contra los castellanos defendiendo a los «suyos», formando parte de los que hasta entonces habían sido los «otros». Murió en 1536 alcanzado por el tiro de un arcabuz cuando luchaba contra la hueste de Lorenzo Godoy.

Queda genial, y así lo hacen casi todos los que han escrito sobre Gonzalo Guerrero, terminar su relato lanzando la pregunta: ¿fue Gonzalo Guerrero un héroe o un traidor? La respuesta es obvia según el punto de vista que se le quiera dar. Me parece mucho más interesante explicar por qué es un traidor para unos y un héroe para otros.

Es necesario mencionar aquí al escritor Alfonso Mateo-Sagasta. Tiene dos obras que nos interesan para nuestro tema. Por un lado, La Oposición. Un relato sobre la invención de la historia, en la que señala que «la historia es ideología y siempre, siempre está al servicio de alguien». Por otro lado, tiene la novela Caminarás con el sol, cuyo protagonista es, precisamente, Gonzalo Guerrero. En ella dice que Guerrero tal vez fuera héroe y traidor a la vez o «quizá solo un hombre capaz de mirar con otros ojos el convulso mundo que lo rodeaba».

Lo que no podemos dudar es que Gonzalo Guerrero fue un superviviente. Muchos europeos naufragaron y se perdieron en tierras desconocidas donde acabaron viviendo entre los nativos. El caso excepcional de Gonzalo Guerrero destaca como paradigma en su historia unida a Jerónimo de Aguilar. Guerrero escogió por voluntad propia la barbarie contra la civilización, la locura frente a la razón a la que Aguilar volvió en cuanto tuvo ocasión. Diego de Landa, un franciscano misionero en Yucatán, escribió que Gonzalo «nunca procuró salvarse como hizo Aguilar». En la mentalidad de entonces, como en la de ahora, estaba claro el bando correcto: «el mío». Gonzalo Guerrero era un traidor, un hereje y un renegado. Y si tenemos más información de Guerrero yo diría que ha sido precisamente por esa visión. Nada mejor que poner a parir a un compatriota errado. El deporte nacional ya lo dejó claro el poeta Joaquín María Bartrina:

«Oyendo hablar un hombre, fácil es
saber dónde vio la luz del sol
Si alaba Inglaterra, será inglés
Si reniega de Prusia, es un francés
y si habla mal de España... es español».

Sin embargo, Gonzalo Guerrero es un icono cultural en Yucatán hoy día y se tiene como el padre del mestizaje. La recuperación del personaje se utilizó para afirmar la mexicanidad y cambiar una ascendencia denigrante. El mexicano no puede proceder de padres violadores y traidoras violadas. Porque, sí, en el otro lado del Atlántico también padecen de esa nociva actitud de querer ver un «ellos», donde hay que poner un «nosotros». De ahí que de Malinche y su servicio como intérprete a Cortés nos haya quedado el término «malinchista» para acusar a alguien de traidor.

No se puede levantar una nación sin un pasado glorioso como cimiento. Si no existen viejas glorias se inventan y, si hay alguna leyenda que se pueda moldear, mejor. Así es como Yucatán está salpicada de monumentos que representan a Gonzalo Guerrero, el castellano que decidió quedarse con su familia nativa por voluntad propia. Calles, barrios, centros públicos y tiendas reciben hoy este nombre. Ha terminado recalando incluso en el himno de Quintana Roo:

Monumento a Gonzalo Guerrero ubicado en el Paseo de Montejo de Mérida, Yucatán ©Yodigo/Wikimedia Commons.
«Esta tierra que mira al oriente
cuna fue del primer mestizaje
que nació del amor sin ultraje
de Gonzalo Guerrero y Za'asil».

En España sigue siendo un personaje prácticamente desconocido. Solo tenemos numerosas novelas, relatos, poemas, cómics y teatros, a los que ahora se suma este artículo en Euxinos. Recientemente, Gonzalo Guerrero ha aparecido en series como Conquistadores: Adventum, Carlos, Rey Emperador y El Ministerio del Tiempo. Pero parece que mientras la película no nazca bajo la colina de Hollywood tendremos que seguir contando quién fue este personaje. 

Estoy de acuerdo con Mateo-Sagasta, la historia siempre es ideología al servicio de alguien. Pero creo que los historiadores debemos procurar ponerla al servicio de todos. Algo utópico quizá, pero no concibo otro objetivo a perseguir. Procurando esa empatía global al plasmar nuestros escritos, quizá el lector deje de catalogar a los personajes como héroes o traidores. Ya lo escribió Irene Vallejo en su Manifiesto por la lectura: «a través de los libros, anidamos en la piel de otros, acariciamos sus cuerpos y nos hundimos en su mirada. Y, en un mundo narcisista y ególatra, lo mejor que le puede pasar a uno es ser todos».

En cuanto a la escultura que le regalaron, Juan Carlos, si algún día se la vuelve a encontrar, ya sabe usted quién fue Gonzalo Guerrero.

Gonzalo Guerrero en el cómic, teatro y la novela
Las historias del colonizador colonizado han dado para crear jugosos (y exitosos) contenidos culturales. Las películas de Avatar (James Cameron, 2009), Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990) o Un hombre llamado Caballo (Elliot Silverstein, 1970) son ejemplos de ello. Gonzalo Guerrero sigue siendo un personaje por explotar en lo cinematográfico, pero cuenta con interesantes opciones en otros formatos. Fernando Savater y Miguel Calatayud Cerdán se encargaron de contar esta historia en el cómic Conquistadores en Yucatán. La desaparición de Gonzalo Guerrero. Mariana Moreno también pasó a lápiz y tinta su versión en Gonzalo Guerrero, el padre del mestizaje mexicano. Enrique Buenaventura lo llevó al teatro en Crónica (La enrevesada historia de Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar). Y del nutrido número de novelas que tienen a Gonzalo Guerrero entre sus personajes recomendaremos dos: la del autor mexicano Eugenio Aguirre, Gonzalo Guerrero. Novela histórica, y la del español Alfonso Mateo-Sagasta, Caminarás con el sol.

Parte del mural de Bonampak. ©Milenioscuro/Wikimedia Commons.

Para ampliar:

Campos Jara, Salvador: «Gonzalo Guerrero, un palermo aindiano» en García Cruzado, Eduardo, 2011: Actas de las Jornadas de Historia sobre el Descubrimiento de América, tomo II, pp. 157-187, Sevilla, UNIA.

Grillo, Rosa María, 2007: «Francisco del Puerto, Aguilar y Guerrero, tres náufragos entre la palabra y el silencio», América Sin Nombre 9-10, pp. 98-108.

Rico, José, 2000: «Gonzalo Guerrero: la frontera del imaginario español», Latin American Literary Review 28 (55), pp. 87-109.

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Fran Navarro

Historiador.

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