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De esperanza morisca a instrumento contrarreformista. Las falsificaciones de los Libros Plúmbeos

Si convulsos fueron los últimos años del reinado de Felipe II, el clima social de la Granada de la época no lo fue menos. La excitación subsiguiente a la sangrienta Guerra de las Alpujarras contra los moriscos se vio ardorosamente avivada por la aparición, a lo largo de toda una década, de un conjunto de hallazgos de toda laya. De entre todos destacaron unas láminas de plomo de aspecto circular grabadas con textos en diferentes lenguas e insólitos dibujos para las que nadie tuvo una respuesta inmediata. Estos plomos han pasado a la historia como los Libros Plúmbeos, y aún hoy constituyen una de las falsificaciones más trascendentales de la Historia.

Moriscos en la encrucijada

El xvi fue para los moriscos granadinos el siglo en el que se precipitaron sus destinos hasta su definitiva expulsión. Granada, convertida en un laboratorio institucional programado para la asimilación de esta minoría a la mayoría cristiana, adquirió una especial significación en este proceso secular.

Concluida la conquista del emirato nazarí en 1492, las laxas condiciones contenidas en las capitulaciones de conquista, que incluían el respeto a las propiedades o la libertad de culto, caducaron con una tremenda rapidez en unos años en los que, además de decretarse la expulsión de los judíos, también se consolidó la Inquisición como aparato represivo en manos de la Corona. En menos de una década, la comunidad musulmana granadina se vio presionada por la jerarquía eclesiástica de la ciudad para que abandonara la fe islámica y la lengua árabe, a la vez que se le conminaba a convertirse al cristianismo. Nació así la figura del morisco, como converso o cristiano nuevo. Estas actuaciones no estuvieron exentas de coacciones, como la protagonizada por el cardenal Cisneros que, opuesto a la línea transaccionista del arzobispo Talavera, ordenó la quema de la biblioteca islámica de la madrasa granadina o el envío a prisión de personalidades destacadas de esta comunidad por su negativa a abandonar el islam. La respuesta a esta política represiva fue la llamada revuelta del barrio del Albaicín, que sería aplastada de un modo muy contundente. Este incidente constituye claramente un punto de no retorno en las, hasta entonces, cada vez más tensas relaciones entre una minoría musulmana vencida y la mayoría cristiana en el poder. La embestida institucional no se demoró. En 1501, una pragmática obligó a los musulmanes castellanos a elegir entre conversión o exilio.

Aunque a lo largo de la primera mitad del siglo xvi se ensayaron ciertos intentos por parte del arzobispado granadino, especialmente durante el mandato de Pedro de Alba, de revertir la línea meramente represiva por otra de tintes talaveranos centrada en el adoctrinamiento evangélico, las numerosas dificultades encontradas, tanto de índole política como financiera, hicieron fracasar la empresa; es por lo que, a partir de los años treinta, la actuación del Santo Oficio, institución que se implantó en el reino de Granada en 1526, fue preferente.

Familia morisca de Granada. Dibujo de Christoph Weiditz (1529). Wikimedia Commons.

No obstante, si había un lugar en el que el morisco granadino podía desenvolverse en un ambiente muy parecido al que se dio durante el periodo nazarí, ese era la comarca de las Alpujarras. Protegido por una geografía que aún recuerda vivamente a las estribaciones del Alto Atlas magrebí, el morisco alpujarreño había logrado conservar sus costumbres, su lengua e incluso sus creencias, pero una pragmática promulgada en 1567 iba a terminar con todo eso. De nuevo, la respuesta de la comunidad morisca fue instantánea. La gran diferencia fue que lo que prendió de forma poderosísima en los montes alpujarreños en la Navidad de 1568 ya no era una simple revuelta, sino una guerra abierta contra el dominio castellano. Tras un conflicto de casi tres años, con episodios singularmente cruentos, el poder castellano se impuso con toda su vehemencia en la zona y ordenó la deportación de miles de estos alpujarreños a tierras castellanas, preferentemente extremeñas.

Aunque muchos de los deportados volvieron progresivamente a su tierra en los siguientes años, el clima que encontraron difería en gran medida a lo que habían conocido. Los que pudieron quedarse, por renunciar a su fe y vender sus preciosas aptitudes como artesanos u hortelanos, vivían bajo una atmósfera de amenaza constante. Además, tras la derrota otomana en Lepanto en 1571, comenzaron a difundirse sospechas interesadas sobre supuestas conspiraciones entre turcos y moriscos, que hicieron de estos últimos un enemigo interior del que sería lícito desembarazarse, más pronto que tarde, en aras de la razón de Estado.

La década de las falsificaciones

Era marzo de 1588 cuando se inició la construcción de la tercera nave de la Catedral de Granada. Como parte del programa constructivo se procedió a la demolición de los últimos restos de la antigua mezquita aljama de la ciudad del Darro, la llamada Torre Turpiana, en el día de san Gabriel, arcángel protector de los musulmanes, y víspera a su vez de una de las festividades más señaladas del calendario cristiano, el día de san José. Entre los escombros del que fuera alminar en época nazarí, los obreros encontraron sorpresivamente una caja de plomo con el siguiente contenido: un trozo de paño; una tablilla con la imagen de la Virgen; un pergamino escrito en árabe nazarí, castellano renacentista y latín, y un resto óseo. Hasta aquí todo puede parecer fortuito, pero desengáñense, nada en esta historia es casual.

Entusiasmo falsario
Las enormes repercusiones políticas y religiosas de las falsificaciones granadinas no deben hacer pensar en un hecho aislado. Muy al contrario, el fenómeno falsario vivió su edad de oro a partir del siglo xvii, cuando se consolidó una propensión por falsear e inventar hechos, así como a dar por válidas leyendas, a veces de un pasado muy lejano, cuyo objetivo no era otro que el de proporcionar a los interesados la legitimidad que otorga el paso del tiempo. Si hay un ámbito en que las falsificaciones brotaron con un espectacular vigor fue el de la historia eclesiástica, que vio enriquecida su bibliografía con todo tipo de martirologios y cronicones apócrifos. Gran parte de estas publicaciones se hallaban relacionados con las disputas entre sedes episcopales por la primacía sobre las diócesis españolas, como fue el caso de la tradicional rivalidad entre Santiago, por razones obvias, y Toledo, capital del reino godo, a la que se unieron Tarragona, supuestamente el lugar donde desembarcó Santiago el Mayor, y Zaragoza, por la presencia de la Virgen del Pilar. Por los mismos años en los que se desarrollaron los sucesos granadinos también florecieron falsificaciones con finalidad puramente política, como el famoso pergamino del Milagre de Ourique aparecido en Alcobaça en 1590, que sirvió como ariete de los portugueses repúblicos contra la política lusitana de Felipe II.

La respuesta a qué eran realmente todos estos hallazgos estaba contenida en el extraño texto latino del pergamino, a fin de cuentas, el objeto que causó una mayor conmoción social en el ya de por sí convulso micromundo cristiano-morisco granadino. Se relataba cómo el presbítero Patricio, autodenominado discípulo del primer obispo de Granada, el mártir Cecilio, había recibido de éste el encargo de esconder el contenido de la caja, que no era sino un paño con el que la Virgen había secado sus lágrimas durante la Pasión, un hueso de san Esteban y una profecía apocalíptica del evangelista Juan. Por su parte, el texto escrito en árabe informaba de que fue de Dionisio Areopagita de quien Cecilio recibió las reliquias, y pronosticaba con una exactitud extraordinaria la venida de Mahoma, así como también la de Lutero. Si peculiar ya era el empleo de lenguas contemporáneas al descubrimiento en una profecía de los primeros siglos del cristianismo, más insólito aún era el contenido. Aunque los trámites para determinar la autenticidad de los hallazgos se iniciaron en esa misma primavera, el proceso quedó interrumpido con la muerte del arzobispo de la ciudad.

Reproducción a buril de uno de los libros plúmbeos grabado por Francisco Heylan, 1741. Wikimedia Commons.

Siete años después de los sucesos de la Torre Turpiana se abrió un periodo de cuatro años en el que tuvieron lugar nuevos hallazgos, esta vez en el monte de Valparaíso, una de las colinas que rodean Granada. En este caso, se trataba de un conjunto de finas láminas circulares de plomo, ensartadas burdamente en alambre en grupos de distinto número. Se hallaban grabadas con inusuales caracteres que resultaban ser grafías alteradas del alifato árabe, entre los que se intercalaban enigmáticos dibujos circulares y triangulares. Aunque en un principio las agrupaciones de láminas no parecían tener sentido, al revisar las cubiertas se observó que, en un latín muy basto, se incluyeron unos títulos que al fin dieron una unidad doctrinal a cada grupo o libro. Fueron finalmente veintiún libros los que, entre 1595 y 1599, aparecieron en la colina, que desde ese momento pasó a ser denominado Sacromonte.

«Vestidos de paseo de las mujeres moriscas en Granada». Dibujos de Christoph Weiditz (1529). Wikimedia Commons.

El contenido de los libros se basaba en supuestas revelaciones de la Virgen y de Santiago el Mayor, quienes junto con san Cecilio componían la triada en torno a la que basculaban los plomos. Además de reveladora de las obras, la Virgen se presentaba como uno de los principales personajes. Su papel como defensora de la lengua y de la comunidad arábiga, a la que considera como elegida de Dios, a la par que apologeta del dogma de la Inmaculada Concepción, le otorgaba un rol determinante. Por su parte, el personaje de Santiago apóstol ofrecía una novedad que modificaba por completo el relato sobre los orígenes del cristianismo peninsular, al situar su acción evangélica en Granada, ciudad en la que supuestamente celebró su primera misa y bautizó a los árabes. Finalmente, san Cecilio, a quien los anteriores dictaron sus revelaciones, aparecía como primer obispo de Granada, a pesar de sus orígenes árabes. En definitiva, los libros pretendían ser leídos como un último evangelio apócrifo en el que se asentaban las bases doctrinales necesarias para integrar islam y cristianismo, ligando las tradiciones cristiana y musulmana con el Evangelio y el Corán.

Los Libros Plúmbeos y el Quijote
La estancia de Cervantes en Granada en 1594, un momento de gran controversia en torno a la autenticidad de los hallazgos de la Torre Turpiana y poco antes de la aparición de los plomos del Sacromonte, debió dejar una huella indeleble en el autor alcalaíno. Veterano de las guerras contra los otomanos, cautivo durante cinco años en Argel, Cervantes conocía de primera mano la vida de los musulmanes tanto fuera como dentro de la Península. Cualquier lector no excesivamente avezado de su obra por antonomasia, el Quijote, sabrá que lo morisco está profundamente imbricado en la novela, en pasajes y personajes como la historia del cautivo, la presencia del morisco de Ricote, o la quizá no tan casual procedencia de la amada del singular hidalgo, Dulcinea del Toboso, villa manchega cuya población era mayoritariamente morisca en la época en la que se escribió la primera parte de la obra.
Más allá de otras consideraciones, han sido varios los autores (Case, Lathrop) que han observado un nexo entre el Quijote y los Libros Plúmbeos, y este es el personaje de Cidi Hamete Benengeli, el musulmán en quien el narrador hace recaer la autoría de la propia obra, un texto en «caracteres arábigos» que —recordemos— Cervantes encuentra en un cartapacio que adquiere en un mercado de Toledo, y que, posteriormente, refunde para convertirlo en la novela que todos conocemos. Lo que es un artificio literario para retener la atención del lector, que acertadamente intuye que Cervantes lo está engañando, puede además interpretarse en otro plano. Con la aparición de Benengeli no solo la cuestión de la autoridad del texto queda ligada a este personaje, también él es la respuesta cervantina al debate sobre las falsificaciones. La obra constituirá en sí una burla al lector crédulo de novelas de caballería, y por extensión de cualquier texto, con finalidad histórica o literaria, que pretenda ser verdadero. Desde este prisma, el Quijote puede leerse como una mordaz crítica a la legitimidad de los textos basados en fuentes falsas.

A pesar de que desde el primer instante de su aparición la autenticidad de los Libros Plúmbeos gozó de la adhesión del pueblo granadino, del propio arzobispo de la ciudad, Pedro de Castro, e incluso de los reyes Felipe II y Felipe III, voces autorizadas, como el humanista Benito Arias Montano, pusieron en duda la veracidad del hallazgo siguiendo criterios filológicos, y señalaron a la comunidad morisca, en concreto al médico y traductor Alonso del Castillo, como probable autor de las falsificaciones. Las obras plúmbeas, algunas con títulos tan rimbombantes como Del galardón de los creyentes en la Certidumbre del Evangelio, no fueron, en principio, sometidas a un proceso de calificación, dada la complejidad que entrañaba su traducción y, muy significativamente, por el interés explícito de los Estados Pontificios que —con su singular perspicacia— decidieron separar el proceso de verificación de las reliquias y de los restos óseos, que fueron dados por auténticos en un sínodo provincial celebrado en 1600, del relativo a los plomos, que quedaron en poder de Roma. La cada vez más fundada sospecha de falsificación no hizo sino demorar todo el procedimiento. Hubieron de pasar ochenta años hasta el que papa Inocencio XI emitiera un breve en el que de forma definitiva se dictaminó la falsedad de los Libros Plúmbeos como: «puras ficciones humanas fabricadas para ruina de la fe católica que contienen herejías y errores condenados por la Iglesia».

Patio de la abadía del Sacromonte. © Macope07/ Wikimedia Commons.

Un intento desesperado

En el controvertido debate en torno a la finalidad de los Libros Plúmbeos y de los hallazgos de la Torre Turpiana parece no verse de forma nítida luz al final del túnel. En un ejercicio de simplificación, el gran estudioso de los moriscos granadinos Bernard Vincent entiende que el objetivo aparentemente contradictorio de esta comunidad, y especialmente de sus élites (Granada Venegas, Fez Muley) en el último tercio del siglo xvi, era doble: de un lado, fundirse en la mayoría cristiana, por ejemplo, mediante matrimonios mixtos; de otra, conservar la mayor parte de las señas de identidad que los caracterizaba en un momento de pérdida de privilegios. Curiosamente, en la consecución de esos fines, como los rostros del dios Jano se muestran en origen opuestos, los Libros Plúmbeos vendrían a jugar un papel decisivo.

El empleo del árabe en el supuesto evangelio apócrifo que recogen los plúmbeos convertía esta lengua en emisaria de la palabra de Dios. Además, el árabe, en tanto que lengua de salvación y de verdad, actuaba como difusor de un hecho extraordinario, ligar la ciudad de Granada —con toda la carga histórica que ello conllevaba— a los orígenes mismos del cristianismo hispano. Más aún, los plomos transformaban en nada menos que en árabes a los mártires cristianos discípulos del apóstol Santiago, como Cecilio y su hermano Tesifón, paladines religiosos de su época.

Texto aljamiado del siglo XVI. Wikimedia Commons.

Tal y como aseguran especialistas como Mercedes García-Arenal, se observa en la elaboración de los Libros Plúmbeos una clara voluntad de apropiarse de la historia del cristianismo hispano con la intención de influir en la Monarquía, que por esas fechas comenzaba a debatir en torno a la necesidad de resolver el «problema morisco» a través de su expulsión, y en la opinión pública, predispuesta negativamente hacia esta comunidad tras años de propaganda institucional.

El hallazgo de estos plomos, fabricados muy probablemente en los círculos de los grandes linajes moriscos granadinos antes mencionados, transmitía un potente mensaje de interesante lectura sincrética a favor de la comunidad morisca en los años inmediatamente anteriores al inicio de su proceso de expulsión. A esta se le dotaba de una triple consideración: un arraigo que se retrotrae a la propia conquista islámica del reino Visigodo a partir del 711, un marchamo cristiano innegable intrínsecamente unido a la difusión del cristianismo en la península ibérica, y una defensa cerrada del elemento cultural que, más allá de la fe islámica, más determinaba su identidad como comunidad: el árabe.

Si bien es muy difícil eludir la interpretación sincrética de los Libros Plúmbeos, autores como Hagerty dan un paso más allá y prefieren hablar de simbiosis tras analizar el texto árabe original, por lo demás intencionadamente ambiguo. En su opinión, el concepto de simbiosis sería más adecuado, en tanto que supone un proceso de interacción continuado, a veces roto por la fuerza de las armas, entre una minoría morisca y una comunidad cristiana-vieja habituadas a vivir en paz. Señalar este aspecto me parece fundamental a fin de enriquecer la foto final que el atento lector pueda obtener de este complejo fenómeno. Pensemos en que quizá en la elaboración de los Libros Plúmbeos no todos fueron cristianos nuevos, y que, a fin de cuentas, aunque los moriscos no acabaron de encontrar su sitio en la sociedad hispana, sus grandes linajes, que con seguridad están detrás de estas falsificaciones, nunca fueron expulsados.

Un arma en manos de la Contrarreforma

Tanto el hallazgo de los Libros Plúmbeos como sus diversas implicaciones son fenómenos profundamente poliédricos. Solo una repentina vuelta de tuerca podría explicar que el fraude que pretendía convertirse en la balsa salvavidas de la comunidad morisca se tornara en un arma al servicio de la consolidación del ala más contrarreformista del clero granadino. De este modo, se puede considerar que el experimento plúmbeo alcanzó unos objetivos diametralmente opuestos a los que en origen perseguía, al ser víctima de una manipulación inesperada.

Abadía del Sacromonte. Wikimedia Commons.

El regreso de los Libros Plúmbeos
Granada tuvo que esperar a la llegada del tercer milenio para ver sus plomos de vuelta a la ciudad. Fue el entonces cardenal Ratzinger el encargado de la parafernalia protocolaria de la devolución. Actualmente, los veintiún libros plúmbeos se hallan custodiados en el archivo de la Abadía del Sacromonte, dependiente de la archidiócesis granadina, donde siguen siendo objeto de investigación y exposición. En cuanto a las reliquias de la Torre Turpiana, consideradas verdaderas desde un primer momento, siguen repartidas en dos lugares, la Catedral de Granada, en cuyo proceso de construcción se encontraron, y el Monasterio del Escorial, en donde además se encuentra el supuesto trozo del paño de la Virgen, que al parecer curó un episodio de gota de Felipe II.

Mensajes proféticos contenidos en los plomos, como la referencia histórica a la venida del apóstol Santiago, el dogma de la Inmaculada o la presencia de mártires cristianos en los orígenes sacros de la ciudad, fueron sabiamente instrumentalizados por esos sectores más radicales del clero que no dudaron de su autenticidad y lucharon con denuedo en pos de su reconocimiento. En este sentido, el propio arzobispo de la ciudad, Pedro de Castro, jugó sus cartas con una encomiable astucia. Llevado en volandas por una ciudad enfervorizada con los hallazgos, Castro encontró el caldo de cultivo propicio para dotar esa efervescente religiosidad popular de alimento espiritual. Con el cambio de siglo, el arzobispo, que ya había impulsado un intenso culto a las reliquias encontradas tanto en el Sacromonte como en la Torre Turpiana, inició un ambicioso programa constructivo que incluía la fundación de una abadía, cuyo patronato recae directamente en el rey; la rehabilitación de la cuevas, consideradas a partir de ese momento como un trasunto de las catacumbas romanas, y en la creación de un camino penitencial hasta el Sacromonte, que dio lugar a todo tipo de episodios de milagrería. A lo anterior se suma la erección de una colegiata, el establecimiento de un seminario, e incluso la fundación de uno de los considerados primeros estudios privados de España, el Real Insigne y Pontificio Colegio del Sacromonte, cuya vida se dilató hasta el último tercio del siglo xx.

Imaginemos por un momento el volumen y la afluencia de fondos procedentes de todo tipo de instituciones, civiles o religiosas, que permitieron hacer realidad el proyecto sacromontano que, por otro lado, resultó de lo más rentable, habida cuenta de los cuantiosos donativos que destinaron fieles de todos los rincones de la cristiandad. No hace falta interrogar a ningún granadino para comprobar que, después de cuatro siglos, la vitalidad de ese proyecto sigue intacta.

Para ampliar:

Barrios Aguilera, Manuel y García-Arenal, Mercedes (eds.), 2008: ¿La historia inventada? Los Libros Plúmbeos y el legado sacromontano, Granada, Universidad de Granada.

Domínguez Ortiz, Antonio y Vincent, Bernard, 2008: Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría, Madrid, Alianza [edición original de 1978].

Hagerty, José Miguel, 2007: Los Libros Plúmbeos del Sacromonte, Granada, Comares.

Sara Madrigal Castro

Licenciada en Historia y profesora de Geografía e Historia en el IES Diamantino García Acosta de Sevilla. Investiga sobre movimientos heterodoxos y minorías religiosas de la Edad Moderna

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