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Cuando el árbol cae, el bosque despierta. Movimientos de resistencia ambiental en la India

El control por los recursos naturales es una herida de la que siempre brota sangre. Es uno de los motores económicos de muchos países, y su explotación genera tantos beneficios como conflictos. En este artículo vamos a ver cómo el medio ambiente es algo más que un agente pasivo en el devenir histórico. Personalizado en los movimientos de resistencia ambiental de la India, comprobaremos cómo el entorno influye sobre manera en las concepciones espirituales, sociales y culturales de las comunidades locales y cuánto son capaces estas de sacrificar por la conservación de sus modos de vida.


Encontrar el equilibro

Cuando nos acercamos al estudio de la naturaleza en la historia, la imagen que se desprende es mayoritariamente utilitarista: Las poblaciones se asientan en un lugar, crean relaciones sociales y culturales, se expanden y evolucionan tecnológicamente. El asentamiento inicial no es aleatorio, sino que obedece a cubrir unas necesidades primarias. La cercanía del agua, el abastecimiento de madera, la existencia de minerales o metales, los combustibles fósiles, entre otros muchos recursos, son, en ocasiones, los motores de riqueza de un territorio. De aquí surgen varias preguntas, ¿qué hacer cuando la demanda es superior a la producción? ¿qué hacer cuando un territorio no posee aquel recurso que necesita? No hay nada que no arregle una buena relación comercial y una buena gestión de recursos, ¿verdad? Ojalá fuera tan sencillo. Y es que, precisamente, son muchos los conflictos que surgen alrededor de estas cuestiones.

Miembros de la tribu mbuti con la exploradora Osa Johnson. 1930. Fotografía de Martin Johnson (1884–1937). Wikimedia Commons.

Además de su vertiente práctica, el medio natural también influye en la conformación de la cultura y las creencias de una población determinada. Como resultado de un proceso de transformación y sincretismo derivado de la fusión entre las doctrinas religiosas monoteístas y las corrientes de pensamiento de los siglos xviii y xix, en Occidente se tiende a pensar la naturaleza como algo separado de la cultura, en ocasiones hasta antagónico, pero esto no ocurre así en otras tradiciones y geografías. Por ejemplo, para la tribu mbuti del Congo, su entorno no es un simple escenario, sino que se encuentra integrado como parte de un todo en su vida cotidiana. Esta división de conceptos como elementos contrarios ─cultura versus naturaleza; civilización versus barbarie─ forma parte de una concepción colonialista del espacio, que choca de lleno con aquellas basadas en una comunión más estrecha entre el ser humano y el medio natural. Los conflictos de los que vamos a hablar nacen de esta raíz.

Encontrar un equilibrio entre la conservación del medio ambiente y la demanda masiva del capital parece casi imposible. Aunque la naturaleza se presente como un elemento neutral, algo universal, la realidad es diferente. Al igual que ocurre con otros conceptos, la naturaleza no es algo separado de la cultura; está sujeta a cambios y puede politizarse, y vaya si lo hace. Las religiones apelan a la ecología recogida en sus doctrinas, las clases políticas muestran interés por los problemas medioambientales, así como los imagotipos de las grandes industrias se llenan de hojas y de tonos verdosos, pero, como ocurre en la mayoría de ocasiones, una cosa son las intenciones y otras son los hechos.

Medio ambiente y espiritualidad en la India

La visión tradicional del mundo en la India es cosmocéntrica, de la que podemos extraer dos términos principales: el prakrti y el purusa. Prakrti es la materia, la naturaleza dinámica, y engloba los elementos naturales: agua, tierra, fuego, aire y éter. Su antagónico es el purusa, el espíritu o naturaleza estática. Aunque se presenten como entes a priori separados, ambos términos se complementan entre sí.

En la India, la naturaleza conserva un carácter dual. Puede ser maternal y productiva o terrible y destructiva. El desequilibrio en los ritmos naturales puede hacer que la sociedad derive hacia un estado de depredación, de carácter particularista, donde el ser humano se creería por encima del resto de elementos naturales, lo que se conocería como un abuso del principio asúrico.

El reino vegetal juega un papel muy importante dentro de las corrientes espirituales de la India. Encontramos directrices de conservación y no agresión en textos tan antiguos como el Rig Veda o las Upanishad. Por ejemplo, en el Matsya Purana se considera delito cortar plantas sin previo aviso, así como talar árboles cerca de caminos o fuentes bajo pena de multa o castigo corporal. Igualmente, en el Vayu Purana se advierte de que la tala masiva de bosques provocaría futuras catástrofes naturales, algo que, veremos, no va muy desencaminado.

Por lo tanto, muy apegados a estos principios, los mensajes lanzados desde los movimientos de resistencia ambientales estarán fuertemente ligados a esta concepción del mundo. El respeto y conservación del medio ambiente se recoge, incluso, en los textos sagrados, argumento usado por los miembros de estos grupos para disuadir a los agresores. Atendiendo al principio hindú de que la divinidad está presente en los elementos de la creación, el daño al entorno no solo se consideraría un ataque a la naturaleza, sino también un agravio espiritual.

Sacralización como medida de conservación
Cuando la explotación desmedida de recursos avanza inexorablemente hacia el abismo, cualquier alternativa y propuesta es bienvenida. En zonas de África y Asia, las arboledas sagradas se han convertido en grandes centros de conservación de la biodiversidad y las tradiciones de las comunidades locales. Estos lugares representan, de manera muy fidedigna, cómo funcionan los vínculos entre el paisaje, la historia local y la dimensión sagrada.
La entrada y el trasiego en estas arboledas es muy restringido, cualidad que ayuda a la conservación de especies vegetales y animales que, o bien han desaparecido en los alrededores o se encuentran en estado crítico, y al mantenimiento en estado óptimo del sotobosque. Además, en algunas ocasiones, las especies clave para el mantenimiento y mejora de la biodiversidad de ese entorno coincidirán en su reconocimiento social, cultural o religioso dentro de las comunidades locales.
Aunque efectiva en muchos territorios, la sacralización de arboledas no siempre es capaz de frenar la presión de la demanda industrial. El abandono y debilitamiento progresivo de las tradiciones y creencias, puede hacer que estos lugares estén más amenazados. El interés en la protección y conservación de estos ecosistemas no proviene únicamente de las propias comunidades locales, sino también de organismos no gubernamentales y de instituciones internacionales.

Cuando el árbol cae, el bosque despierta

Cuando hablamos de resistencia ambiental en la India, la imagen más reconocible es aquella que muestra a mujeres abrazadas a los árboles. El movimiento Chipko supuso un antes y un después en las resistencias ambientales, pero no fue el único.

Para situarnos, debemos hablar de dos períodos económicos diferentes en la historia de India: el período precolonial y el colonial, iniciado a principios del siglo xvi y que alcanzó su punto álgido a mediados del siglo xix, con la dominación total del territorio por parte del imperio británico (1857-1947). Como hemos visto , dentro del hinduismo, la naturaleza se concibe como una extensión de la divinidad y este tabú se ocupa de mantener, más o menos, un cierto equilibrio en lo que a gestión de recursos naturales se refiere. La gestión tenía un carácter comunitario y se ayudaba de ciertos mecanismos sociales para garantizar una explotación controlada de los recursos forestales: elección de especies para explotar, no intervención drástica en los procesos biológicos, etc. Pero ¿qué ocurre durante el período colonial? El sistema de tenencia de tierras cambia. De la gestión comunitaria se pasa a la propiedad privada. Además, la demanda de madera aumenta, tanto para abastecer a la marina británica como para la creación de la red ferroviaria, entre otras cosas. Al no poder atender esa demanda con las zonas arboladas seleccionadas, se comienza a invadir otras zonas de los bosques, afectando así a la biodiversidad y a las comunidades locales que habitan en esos ecosistemas.

Desierto de Thar ©sushmita balasubramani/ Wikimedia Commons.

Las propias autoridades fueron conscientes de que una línea estaba siendo traspasada, por lo que se intentó frenar esta sobreexplotación con la creación de reservas y a través de burocracia. Estas medidas, aunque efectivas, tenían fisuras. Su implantación atendía las demandas comerciales, pero las comunidades rurales, locales, seguían reivindicando la recuperación de sus derechos tradicionales y la posibilidad de gestionar su propio entorno.

Es en este caldo de cultivo en el que nacen los movimientos de corte ambientalista de los que vamos a hablar. Al principio, centrados en reivindicaciones locales; estos grupos son asociaciones de largo recorrido, que, poco a poco, han ido incluyendo demandas internacionales.

La precuela: Bishnois

La comunidad Bishnoi, traducido como «29», recibe esta denominación por las 29 reglas establecidas por su fundador, el gurú Jambeshwar Maharaj (1451-1536), y que completan su doctrina. Entre ellas se encuentran directrices orientadas a la protección y conservación del medio natural, así como a la convivencia cordial con todos sus elementos.

Ejemplar de un khejri. ©LRBurdak/ Wikimedia Commons.

Este grupo sectario está localizado en Rajasthan, en el norte de la India. En pleno desierto de Thar, un terreno bastante infértil donde la escasa vegetación se atesora como el mejor de los bienes. En un paisaje tan hostil, el árbol khejri (Prosopis cineraria) supone la sombra en el desierto, la comida para el ganado y los humanos y la madera para calentar sus hogares. Además de ser una pieza importante en su vida cotidiana, este árbol recibe veneración desde época védica.

En el año 1730, el Maharaja Abhay Singh envió a sus hombres a la aldea de Khejarli para talar una arboleda de Khejri. Su intención era construir un nuevo palacio en Jodhpur, por lo que necesitaba madera para mantener los hornos de cal en funcionamiento. Ante tal procesión de soldados, la población salió de sus hogares para comprobar qué estaba ocurriendo; entre ellos, Amrita Devi. Tras recriminar a los hombres una actitud que violaba uno de los dharmas principales de los Bishnoi y de recibir indiferencia, Amrita manifestó su resistencia abrazando uno de los ejemplares de Khejri. Este acto no fue suficiente para evitar la tala de la arboleda, pues tanto los árboles como ella misma sufrieron los golpes de las hachas. La noticia de la muerte de Amrita Devi y de sus hijas a manos de los soldados corrió como la pólvora, y su acto sirvió de inspiración a miembros Bishnoi de otras comunidades. Por cada árbol caído, se perdería una vida humana. En total, se sacrificarían 363 Bishnoi, repartidos en 49 aldeas.

La estrategia de resistencia no violenta de la comunidad Bishnoi, inspiró la forma de actuación de movimientos de resistencia posteriores. Tal es su importancia que el departamento de Medio Ambiente y Bosques decretó en 2013 que cada 11 de septiembre ─día de la tragedia─ se conmemoraría el Día Nacional de los Mártires Forestales.

Movimiento Chipko

Chipko es una palabra hindi que puede traducirse como «abrazar». Esta denominación hace referencia al acto de resistencia pasiva caracterizado por abrazar los troncos de los árboles marcados y crear círculos alrededor para así evitar su tala. Este método de resistencia está influido tanto por la propia religión hindú como por el principio gandhiano del satyagraha, consistente en un método de protesta no cooperativa.

Todavía bajo control británico encontramos un ejemplo de resistencia pasiva en el «Forest Satyagraha» de Gandhi, activo para demandar la conservación de los bosques del Garhwal, en los Himalayas. Si ya había conflictos activos por esta gestión social desigual, la ley forestal de 1927 los intensificó, multiplicando así las protestas. En 1930, este método ya se había extendido por gran parte del norte de la India, calando en mayor medida entre las poblaciones de las zonas montañosas.

Inspirados por este principio, durante los años 70 se crearon grupos organizados para resistir al avance de la tala masiva, unificados bajo la denominación Chipko. La primera acción se llevó a cabo en 1973, en Mandal, estado de Uttarakhand. Lideradas por Chandi Prasad Bhatt y Sundar Lal Bahuguna, muchas mujeres rurales se unieron a la lucha por la conservación de los paisajes y tradiciones locales. La movilización se produjo a través de la transmisión oral, así como de escritos o entrevistas, por lo que no tardó en expandirse más allá de los Himalayas.

Una de las caras femeninas más visibles de este movimiento fue Gaura Deva (1924-1991). En 1974, el Departamento de Montes anunció una subasta de 2500 árboles en la zona de Reni, cerca del río Alaknanda. La venta de esta parcela forestal supondría la pérdida de sustento de muchas aldeas circundantes, entre ellas Lata, donde vivía Gaura Deva. Inspiradas por el mensaje y acción de Chipko en Uttarakhand, las mujeres, lideradas por Gaura, acudieron al bosque y consiguieron evitar su tala.

Lo que comenzó como un movimiento con reivindicaciones locales, pronto se expandió, creció y se dividió, añadiendo, además, nuevas demandas. Poco a poco, comenzó a acoger elementos espirituales, como las bhagwad katas o plegarias, por lo que comenzó a tomar un cariz cercano al plano religioso. Junto a estos, el movimiento también acogió reivindicaciones internacionales y más globales, tomando un cariz ecológico que abogaba por la protección, ya no de un bosque o lugar concreto, sino de toda la naturaleza. Ya vimos al principio de este artículo que no se debe caer en la trampa de entender la naturaleza como un sujeto pasivo, y en el caso de Chipko queda más que demostrado. En sus últimos años de desarrollo, el movimiento ya tenía un marcado carácter ecológico. La presión ejercida por sus acciones consiguió incluir las reivindicaciones en la agenda política india de finales de siglo, cuyos mayores hitos podemos encontrarlos en la declaración de zonas protegidas en las regiones arboladas de los Himalayas y Ghats occidental.

Otros movimientos

La influencia de Chipko inspiró la creación de grupos de protesta repartidos por todo el territorio. Por ejemplo, en el sur, el movimiento Appiko realizó su primera protesta en 1983, abrazando los árboles del bosque de Kalase. También destacable fue el movimiento por la conservación de Silent Valley (Ghats occidental, Kerala) frente a la construcción de un proyecto hidroeléctrico sobre el río Kuntiphuza, que supondría la pérdida de grandes hectáreas de masa forestal. La lucha comenzó a principios de los años 70 y se mantuvo durante diez años, hasta que en 1983 se canceló el proyecto. Oficialmente, en 1985, fue proclamado Parque Nacional por el primer ministro, Sh. Rajiv Gandhi.

Berta Cáceres, asesinada por su activismo medioambiental en Honduras. Wikimedia Commons.

Resistencias por el mundo
En un momento tan delicado como en el que vivimos, el medio ambiente se ha convertido en una de las principales preocupaciones a nivel planetario: incendios, talas indiscriminadas, contaminación… A las luchas ambientales activas en zonas rurales, se les unen decretos y mandatos internacionales. Dependiendo del territorio, la lucha por la conservación del medio se ha convertido en una actividad de riesgo, pues no son pocos los activistas desaparecidos o asesinados en las zonas rurales, recordemos el caso de la líder indígena Berta Cáceres.
La industria maderera es uno de los principales contendientes en estas luchas. Encontramos conflictos relacionados con ella en, prácticamente, todos los continentes, algunos aún activos. Y frente a tal escena, ¿es posible pensar en la reconciliación entre la demanda industrial y la conservación de la biodiversidad y las tradiciones locales? Bueno, posible es, pero también complicado. Por ejemplo, en las Haida Gwaii, en la Columbia Británica, los rifirrafes entre los miembros de la Nación Haida y las empresas madereras vinieron causados por la tala indiscriminada del cedro rojo (Thuja plicata), una especie muy venerada. Aunque aún queda mucho por hacer, el camino hacia el entendimiento y el reconocimiento, aunque lento, avanza. Por ejemplo, algunos miembros de la Nación Haida ya forman parte de comités relacionados con la gestión forestal, en gobernaciones provinciales; así como en empresas dedicadas a la explotación maderera.

La mujer rural como motor de cambio

Una de las cosas que recriminaron las mujeres de Reni a los trabajadores enviados para talar el bosque, fue que no tuvieran en consideración que iban a destruir su maika, su hogar materno. En la tradición hindú, la naturaleza se entiende como un principio femenino. Derivado del concepto primitivo de que es el poder femenino el que rige los ciclos naturales, en la actualidad prevalece el culto a las diosas en las zonas rurales.

El cambio de modelo económico tuvo un impacto directo en la vida de las comunidades locales. El bosque suponía el sustento de muchas personas, por lo que, al eliminar hectáreas, los hombres de esas familias tuvieron que emigrar hacia otros centros poblacionales en busca de trabajo. Y tras su marcha, ¿quién quedaba allí? Las mujeres. Ellas sufrieron de primera mano las consecuencias ecológicas de la desertización. Al no tener un suelo forestal reforzado, las lluvias producían inundaciones que, a su vez, provocaban desprendimientos de tierra; es por ello por lo que el mensaje de los movimientos de resistencia ambiental caló tanto entre la población femenina.

En las zonas rurales de India, la mujer está considerada como la custodia de la biodiversidad y de la cultura, portadoras del saber tradicional que aprendieron de sus ancestros: conocimientos botánicos ─tipologías, usos y aplicaciones─ y gestión sustentable de los recursos forestales. Para ellas, el bosque es como un regalo divino, como una madre que nutre y acoge, por lo que las palabras de Gaura Devi no deben resultar extrañas.

Para ampliar:

Jenkins, Willis; Evelyn Tucker, Mary; Grim, John (eds.), 2017: Routledge handbook of religion and ecology, London, New York, Routledge.

Maillard, Chantal (ed.), 2001: El árbol de la vida. La naturaleza en el arte y las tradiciones de la India, Barcelona, Kairós.

Shiva, Vandana; Bandyopadhyay, J.: «The evolution, structure and impact of the Chipko Movement», Mountain Research and Development. Vol.6 Nº 2, 1986. Disponible aquí.


Lucía Triviño Guerrero

Licenciada en Historia por la Universidad de Alcalá de Henares y Máster en Estudios Medievales por la Complutense de Madrid. Responsable del proyecto de divulgación «Las hojas del bosque» y autora de «Érase una vez… el bosque» (Libros.com, 2018).

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