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Crónica de una victoria anunciada. Pompeyo contra Espartaco

El nombre de Espartaco ha sobrevivido a los siglos. Su revuelta de esclavos ha generado ríos de tinta y se ha convertido en símbolo político. Puso en jaque al poder romano hasta que Pompeyo, un joven general con un brillante futuro, acabó con él. Nos adentramos en la historia de la guerra servil más conocida de la historia romana.

«Nadie estuvo nunca tan cerca de destruir a Roma como Espartaco. Nadie llegó nunca a herirla tan terriblemente. No trato de magnificar mi actuación. Dejad que el héroe sea Pompeyo, pues hay escaso mérito en someter esclavos».

Así es como Howard Fast relata en su novela Espartaco (1951) uno de los capítulos más sugestivos de la historia de la República romana, del que más se ha relatado, se ha evocado ─¡incluso Jachaturián compuso un ballet!─ y del que poco sabemos, pero sobre el que intentaremos hacer una pequeña panorámica de cuál fue el papel de Pompeyo en aquella famosa «rebelión de los esclavos».

En el año 73 a. C., Italia se había convertido, una vez más, en un campo de batalla. Un hombre, probablemente con una pena de damnatio ad ludum, arrastró a una gran cantidad de servi (esclavos) a una sublevación. Este hombre era Espartaco y tuvo en jaque a toda Roma durante dos años hasta que otro hombre, Pompeyo, llegó para imponer el orden romano.

Espartaco, el terror de Roma

«–¿Y a quiénes enviaremos?
–Llamad a una de las legiones.
–De Hispania. ¿Y Pompeyo?
–¡Que reviente Pompeyo, maldito sea! De acuerdo, dejad Hispania en paz. Haced bajar de la Galia Cisalpina a la tercera legión. No os precipitéis. Se trata de esclavos, de un puñado de esclavos. No pasará nada a menos que hagáis algo…»

Howard Fast, Espartaco, 1951.
Espartaco, escultura en el Palais des Beaux-Arts (Lille, Francia) ©Sailko/Wikimedia Commons.

La rebelión comenzó en Capua, una ciudad a 200 km de Roma, en la Campania itálica. Exactamente en su ludus de gladiadores. Allí, un luchador tracio llamado Espartaco, antiguo auxiliar del ejército romano, había sido condenado por desertar. De él nos cuenta Plutarco que era valiente, fuerte e inteligente y que había recibido una formación cultural helenística.

Junto a unos setenta u ochenta gladiadores y con armas improvisadas extraídas de la cocina, dominaron a los guardias y escaparon. Una vez bien pertrechados con verdaderas armas, como auténticos soldados romanos, huyeron al Vesubio, donde buscaron refugio. Allí se les unieron otros fugitivos, renegados, libertos pobres, romanos venidos a menos y campesinos arruinados que buscaban una mejor vida.

Los servi eran la base del trabajo de la economía romana, mano de obra barata, que se encontraban en todos los ámbitos de la vida romana: eran maestros, secretarios, administradores, trabajadores domésticos, explotados en minas, en la agricultura y la ganadería. Eran «objetos» vivos que se contaban a cientos de miles. Un mercado muy lucrativo.

Un grupo de ellos se sumó a Espartaco y a los hombres del ludus de Capua. No era el primer levantamiento de esclavos, pero las circunstancias eran las propicias para que pasara a la historia. Lo que comenzó como un intento de subvertir el sistema tradicional en el que se pretendía que los señores se convirtiesen en esclavos y los esclavos en señores, terminó en una guerra civil que asoló Italia, llegando hasta donde nunca se había pensado que llegarían esos «objetos» animados con los que Roma convivía. No, no querían cambiar la sociedad, como tantas veces se ha repetido. En un contexto como el mediterráneo antiguo, esa idea aún no podía ser ni pensada, eso no ocurrió hasta el siglo xviii. Ahora solo querían girar las tornas y hacer a los malos domini lo que a ellos les habían hecho y convertirlos en servi para ser ellos los señores. Además, muchos de ellos, como el propio Espartaco y sus compañeros de ludus, eran tracios, galos o alamanes que lo único que querían era volver a sus hogares de origen.

Tan pronto como la noticia de la rebelión llegó a Roma, el Senado envió al pretor Claudio Glabro para ocuparse de los rebeldes. Glabro arrinconó a los sublevados en la montaña. Espartaco tenía como única salida una empinada ladera. Acosados por Glabro, idearon un ingenioso plan: descenderían por ella mediante cuerdas y atacarían la retaguardia romana. La victoria, en la que sería conocida como la batalla del Vesubio, fue rotunda para los rebelados. Los soldados romanos que no murieron huyeron en desbandada, abandonando todos los pertrechos en el campamento. Espartaco se apropió de ellos y su fuerza creció con las armas.

El mosaico «Los gladiadores» de la Galería Borghese. Wikimedia Commons.

Mientras el ejército de Espartaco seguía creciendo y se hacía formidable, a los libertos, esclavos y campesinos arruinados se sumaron veteranos de las batallas contra los cimbrios y los teutones. Atacaron, organizados como un verdadero ejército, disciplinado, entrenado y pertrechado, ciudades como Nola y Nuceria y aterrorizaron a toda la Campania, saqueando casas de campo, pueblos y destruyendo lo que encontraban a su paso.

Roma envió otra fuerza para combatir a los rebeldes dirigida por los pretores Varinio y Cosinio, pero tampoco tuvieron ningún éxito. Hubo una batalla campal, Cosinio murió en ella y el campamento cayó. Espartaco vistió las insignias del pretor y obligó a cuatrocientos cautivos romanos a luchar como gladiadores para diversión de sus hombres.

Bajo sus armas cayeron Metaponto y Turios, llegó hasta la actual ciudad de Cosenza. En este punto, Espartaco decidió que ya era hora de volver al hogar, a su amada Tracia. Para conseguirlo debía llegar hasta los Alpes, quizá a través de los Apeninos, atravesándolos y desde allí, todo aquel que quisiera, podría viajar hasta su hogar.

A estas alturas, Espartaco tenía bajo su mando a unos setenta mil hombres, armados y entrenados, pero probablemente sabía que, a pesar de sus éxitos, vencer a Roma era imposible y que la resistencia que pudieran presentar no sería infinita. Roma ya se había tomado muy en serio al rebelde traidor. Plutarco nos cuenta que el Senado estaba preocupado, tenía miedo y por este motivo enviaron a dos cónsules, como si se tratase de una de las guerras más difíciles de su historia.

Espartaco de nuevo venció, fue en la batalla de Picenum. Otra vez volvió a vencer en Módena, en esta ocasión al gobernador de la Galia Cisalpina. El pueblo romano tembló de miedo cuando les llegó la noticia de que los rebeldes pretendían tomar la ciudad de Roma. Espartaco se encaminó a Picenum de nuevo. No había nada que lo detuviera.

Gladiadores después del combate (José Moreno Carbonero, 1882). Wikimedia Commons.

En la zona se encontraban dos legiones desmoralizadas, dirigidas por Marco Craso, el único que parecía poder salvar a Roma de la invasión rebelde y que pretendía ganarse la eterna gratitud del pueblo romano venciendo al rebelde tracio y a sus seguidores. Con este astuto giro militar y político, confiaba en ponerse a la altura de dos grandes romanos que eran alabados como héroes en la ciudad: Lúculo por sus victorias en Oriente y Pompeyo por sus logros en Hispania. Craso deseaba el consulado romano (que Pompeyo ya ostentaba), pero antes debía ganárselo haciendo méritos. La guerra contra Espartaco era un buen objetivo y venciéndolo se pondría a la altura de las circunstancias.

La damnatio ad ludum
Es probable que Espartaco fuera un condenado ad ludum. Este tipo de castigo consistía en enviar al reo a un ludus de gladiadores, donde era sometido a entrenamiento de gladiadores y preparado para luchar en la arena. Los ludi existían desde el siglo ii a. C. y durante el momento en que Espartaco huyó del suyo eran privados, pero en época imperial muchos pasaron a ser propiedad del emperador o de las autoridades locales.
Hay mucho debate sobre el momento en que se comenzó a utilizar el ludus para castigar a los delincuentes, pero está claro que a finales de la República ya era algo normalizado y que en ellos entraban a entrenarse condenados por delitos graves, pero no tanto como para exigir la muerte o el castigo a las minas o la deportación.
No se trataba de condenarlos a la pena capital, el hecho de luchar en un ludus ─y, por tanto, castigados a ser propiedad de este─ permitía a aquellos condenados a redimir sus delitos mediante una buena lucha en la arena si sobrevivían al tiempo de condena. Para poder conseguirlo, eran entrenados y preparados como cualquier otro gladiador y, como ellos, tenían las mismas oportunidades a la hora de luchar en la arena.

Mientras tanto Pompeyo

«Pero la verdad se impone, y si los símbolos de castigo resultan desagradables, piensen en cómo me sentí yo al ver el terreno cubierto con los cadáveres de los mejores soldados de Roma.»

Howard Fast, Espartaco, 1951.

Pompeyo, militar de formación gracias a su padre, junto al que había luchado en varias ocasiones, participó en las guerras sociales. Joven, sin escrúpulos a la hora de luchar y vencer, se le llamaba el «adolescente carnicero», según nos cuenta Valerio Máximo. Se alistó en las líneas de Sila buscando venganza por la muerte de su progenitor y su hermano en las guerras contra Mario. También luchó en varias ocasiones más en Sicilia y en África contra el rey númida Hiarpas.

Busto de Pompeyo el Grande del Museo del Louvre, París, Francia ©Alphanidon/Wikimedia Commons.

Craso veía en Pompeyo, nueve años menor que él, un rival, porque sabía que el pueblo de Roma le adoraba. Joven, ciertamente muy joven, prácticamente un adolescente victorioso. Era un héroe para Roma. Pompeyo era un imperator (general) para los romanos y para sus tropas.

Era el «salvador» de Roma, se le concedió el mando del ejército y tras derrotar a Lépido y su revuelta, marchó a Hispania para terminar de reconquistarla con el título de procónsul. Tenía que vencer a Sertorio, seguidor de Mario, y, por tanto, enemigo de Roma. Pompeyo conquistó Celtiberia y poco a poco fueron cayendo las plazas fuertes de Sertorio en el Levante de la península ibérica.

Craso no tenía un espíritu militar como el de Pompeyo. Sí, era inteligente, pero para los negocios. En poco tiempo hizo crecer el patrimonio familiar comprando a precio de ganga propiedades que después vendía con buenos beneficios. Además, tenía un negocio bancario, era el prestamista de los jóvenes aspirantes a un buen cursus honorum. Por si fuera poco, fue el organizador de un cuerpo de bomberos y equipos de constructores y arquitectos.

Aprovechando que Pompeyo estaba en Hispania, Craso pensó que podía ascender enfrentándose a Espartaco. Si vencía, se convertiría en un héroe y se ganaría la eterna gratitud de sus conciudadanos, asegurándose así el consulado. Levantó seis legiones y fuerzas auxiliares con su propio dinero, muchos de ellos veteranos de Sila relegados a ser agricultores deseosos de volver al ejército para poder enriquecerse y mejorar su estatus. Su única condición era la de ser designado mando supremo de la guerra con el rango de procónsul, justamente el mismo estatus del que gozaba Pompeyo en Hispania Citerior.

Craso envió a su legado Mummio en avanzadilla con las dos legiones derrotadas en Picenum. No debía enfrentarse a Espartaco, solo mantener vigilados a los rebeldes. Mummio, creyendo que tendría una victoria fácil, hizo caso omiso a las órdenes y se lanzó al ataque. Aunque todo eran ventajas para el legado la derrota fue estrepitosa. Craso montó en cólera. Reprendió severamente a Mummio y castigó a los legionarios diezmando lo poco que quedaba del ejército, purgándolo de los más cobardes. Con lo que quedaba de ellos se dirigió hasta donde se encontraba Espartaco y logró la primera victoria romana.

Por primera vez, probablemente, Espartaco temía a Roma, sabía de lo que era capaz y quiso cruzar a Sicilia desde la punta de la Península. Atravesó Lucania y se dirigió hacia lo que parecía que era la única salida posible: salir de Italia y quizá buscar más hombres. Sicilia era un buen lugar para reavivar la Guerra Servil. Espartaco negoció con los piratas cilicios para cruzar el estrecho.

Busto de Craso en la Gliptoteca Ny Carlsberg de Copenhague ©Diagram Lajard/Wikimedia Commons.

Craso no se detuvo: trazó líneas de asedio en la punta de la bota. El objetivo era matar de hambre a Espartaco. Todo parecía fácil, pero el Senado, temiendo una larga y sangrante guerra, decidió cambiar de táctica. Necesitaban al gran héroe salvador de todas las batallas de Roma. Necesitaban a Pompeyo.

En el 71 a. C. Pompeyo abandonó Hispania victorioso y desembarcó en Italia, en Regio, al sur de la Península. En su regreso a Roma se encontró con el ejército de Espartaco. Mientras, Craso, consciente del avance de las tropas pompeyanas, quiso hacer todo lo posible para llevar a Espartaco a la batalla decisiva.

Espartaco se encontraba a estas alturas en un punto de no retorno, pero el capitán pirata, en el que había depositado su confianza, le había abandonado. Las gentes de Espartaco morían de hambre, el invierno arreciaba y estaban confinados en un pequeño espacio del que era imposible huir. Desesperado, intentó llegar a un acuerdo con Craso, pero era inútil. El rebelde, a la desesperada, llenó una parte de la zanja excavada por el procónsul romano con ramas y cadáveres y cruzó con treinta mil hombres antes de que los romanos pudieran darse cuenta.

Su ejército quedaba así dividido y Craso quiso aprovechar el momento. Se enfrentó con una parte de los soldados que se dirigía a Lucania. Al mando de ellos no se encontraba Espartaco sino nuevos líderes, más resentidos, menos transigentes que el rebelde tracio. Craso los detuvo por completo.

Espartaco, que consiguió escapar del asedio, debía saber ya a estas alturas de la llegada de Pompeyo. Se dirigió a Brindisium, pero Lúculo, el victorioso general de Oriente, se unió a la guerra procedente de Grecia. Lúculo interceptó a Espartaco, que se vio obligado a detenerse en seco y retirarse a las montañas de Petelia con las tropas de Roma pegadas a su retaguardia.

Las Guerras Serviles
Las Guerras Serviles o Guerras de los Esclavos fueron tres. En ellas los servi del territorio romano se rebelaron contra sus amos, no buscando la libertad, sino intentando invertir las tornas para los esclavos convertirse en amos y esclavizar a los señores.
La tercera de ellas fue la protagonizada por Espartaco y otros compañeros del ludus de Capua, propiedad de Léntulo Batiato y se desarrolló entre los años 73 y 71 a. C. Durante este trance, Roma se vio amenazada por miles de personas que se adhirieron al grupo de sublevados de Capua. Yo casi que ni hablaría de una guerra servil, puesto que los objetivos de Espartaco y sus hombres no eran los mismos que podemos encontrar en las otras dos guerras, pero el hecho de que se incorporaran personas descontentas con sus amos transformó lo que parece que fue una huida desesperada para una vuelta al hogar, en la última de las guerras serviles.
Podemos leer en Plutarco y Apiano al respecto, y aunque difieren de una a otra versión, nos da una buena visión de lo ocurrido en el momento, siempre y cuando teniendo en cuenta que ambos autores escribieron más de 100 años después de que ocurriesen los hechos, en el caso de Plutarco casi 200 años. Debemos pensar que ambos autores vivieron un momento histórico completamente diferente al republicano y aunque es Roma, en realidad era «otra» Roma y estaban influidos por su nueva realidad social, política y económica.

La «victoria» de Pompeyo

«La cuerda en torno a su cuerpo fue cortada, de modo que colgaba enteramente de las manos, con el solo soporte de la cuerda en torno a cada muñeca para aminorar el peso soportado por los clavos. Los soldados descendieron por la escalera, que fue retirada, y la multitud ─constituida en esos momentos por centenares de personas─ aplaudió la habilidad con que se había crucificado a un hombre en apenas unos minutos…»

Howard Fast, Espartaco, 1951.

Envalentonados, los esclavos pensaban que podrían derrotar al propio Craso. El general romano esperaba ansioso el enfrentamiento; para él podía significar la victoria definitiva contra Espartaco y, por supuesto, el triunfo sobre su enemigo en el poder, Pompeyo. Espartaco, como un animal que atrapado se revuelve, dio su última batalla victoriosa en este momento. Pompeyo se encontró de frente con cinco mil fugitivos del ejército esclavo. Los destrozó. Se erigió como vencedor de la guerra, relegando a Craso a ganador de la batalla. Pompeyo pensaba robar los honores a Craso.

La última batalla fue la llamada del río Silario, en Apulia, en el 71 a. C. Según las fuentes murieron 60 000 rebeldes y solo mil romanos. El cuerpo de Espartaco nunca fue localizado. Se cree que unas 20 000 personas huyeron y se dispersaron por Italia. Pompeyo capturó a seis mil de ellos, que intentaban huir por el norte de Italia, como había ideado desde un principio Espartaco. Todos ellos fueron ejecutados. Eran enemigos de Roma, se habían enfrentado a ella y debían pagar por esa afrenta. Fueron crucificados, expuestos para escarnio público a lo largo de la vía Apia, entre Capua y Roma, 200 km de ejecutados serían suficiente para hacer sentir reconfortados a los romanos después de haber sufrido lo indecible por aquellos servi que los habían aterrorizado durante dos largos años.

Plutarco nos cuenta que a los romanos les encantó que fuese Pompeyo el que finalizó la guerra contra los serviles. Cuando se acercaba a Roma con su ejército, los ciudadanos salieron a las calles a saludarlo y festejar su victoria ¿O era porque si no lo hacían creería Pompeyo que eran seguidores de Mario? Pompeyo no había disuelto el ejército y esto provocaba un gran temor entre los romanos. El Senado no se hizo de rogar a la hora de aceptar la celebración del triunfo del general. Craso tuvo que conformarse con una ovatio.

Así terminaba una de las más sangrantes guerras civiles en territorio itálico. Una de las historias sobre la que más se ha escrito, que convirtió a Espartaco en héroe y mito de muchos panfletos posteriores sobre ideas que aún no habían nacido cuando murió. Pompeyo fue aclamado y convertido en el socio más codiciado para los grandes políticos del momento en Roma. Podemos pensar que fue muy poco virtuoso con las decisiones que tomó, pero la historia acabó juzgándolo y dándole su merecido castigo.

En clave de fechas: Pompeyo
Cneo Pompeyo nació el 29 de septiembre del año 106 a. C. en una familia patricia con una importante tradición senatorial. A los 17 años luchó junto a su padre, Cneo Pompeyo Estrabón, en las filas de Sila, que luchaba contra Mario y Cinna, a quienes derrotó en el 81 a C. Fue entonces cuando recibió el título Magno (el Grande). Entre los años 77 y 71 derrotó a los partidarios de Mario que se atrincheraban en Hispania, reconquistando la Celtiberia. Tras ello, regresó a la península italiana y acabó con Espartaco.
Entre el 67 y el 66 a. C. terminó con la piratería en el mar Mediterráneo y ganó en Oriente la guerra contra el rey Mitrídates VI Eupátor. Entre el 66 y el 62 también venció a Tigranes el Grande (rey de Armenia) y a Antioco XIII (rey de Siria); antes de regresar a Roma capturó Jerusalén.
A su regreso a Roma, viendo que el Senado no estaba de su parte, se alió con Craso y Julio César (60 a. C.) comenzando el mal llamado primer triunvirato. En este momento él y César se convirtieron en yerno y suegro, pero a la muerte de la joven Julia, durante el parto de su primer hijo ─que tampoco sobrevivió─ la amistad entre ambos se deterioró, hasta el punto de romperse por completo cuando Julio César, a su vuelta de conquistar la Galia, cruzó el Rubicón, el año 49 a. C., sin permiso del Senado. Se convirtieron en adversarios militares y Pompeyo fue derrotado por César en el 48 a. C. en Farsalia. Al llegar a Egipto durante su huida fue decapitado. Era el 28 de septiembre del año 48 a. C. Pompeyo tenía en ese momento 58 años.

Pintura que representa una crucifixión en Roma (Fyodor Bronnikov, 1878). Wikimedia Commons.

Para saber más:

Amela, Luis, 2003: Cneo Pompeyo Magno: el defensor de la República romana, Madrid, Editorial Signifer.

Plutarco, 2004: Vidas paralelas. Sertorio y Pompeyo. Edición de Rosa María Aguilar Fernández, Madrid, Akal.

Strauss, Barry, 2010: La guerra de Espartaco, Madrid, Edhasa [original en inglés de 2009].

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Arqueóloga e historiadora. Doctoranda en el departamento de Arqueologia en la Universidad de Valencia. Especialista en Mediterráneo antiguo.

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