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«¡Protégete contra ellas!». Enfermedad venérea y propaganda

La actividad sexual de los militares y la prostitución han sido tradicionalmente controladas por las autoridades civiles y militares. Preocupaba la extensión de enfermedades de transmisión sexual y la disciplina, pero también se vio en estas mujeres un remedio para evitar la desmoralización de la tropa y la violación de las mujeres «honestas». Durante la Segunda Guerra Mundial y la guerra civil española, las autoridades distribuyeron carteles propagandísticos dirigidos a un público masculino que alertaban de la peligrosidad de las enfermedades de transmisión sexual.

Una de las imágenes propagandísticas más populares de la Segunda Guerra Mundial está protagonizada por una mujer. Rosie the Riveter (en español Rosie, la remachadora), forma parte de nuestro imaginario colectivo. Protagoniza marchas feministas, ha sido emulada por artistas como Beyoncé y ha sido estampada en camisetas y agendas. Aunque en la actualidad su imagen se considera casi un icono feminista, fue originalmente un cartel de propaganda encargada por Westinghouse Electric a J. Howard Miller para colocarla en sus fábricas con el objetivo de animar a sus trabajadoras. La idea no fue novedosa, las «Rosies» eran las mujeres que, en ausencia de los hombres, cubrieron los puestos de trabajo tradicionalmente masculinos en las fábricas estadounidenses. Inspirándose en la popular canción Rossie the Riveter, escrita por Redd Evans y John Jacob Loeb y grabada por varios artistas, el conocido ilustrador Norman Rockwell representó a la primera Rosie the Riveter con mono de trabajo, una remachadora sobre las piernas y los pies sobre un ejemplar del Mein Kampf.

La propaganda bélica estadounidense está plagada de Rosies, enfermeras y jóvenes madres que esperaban pacientemente el regreso de los soldados movilizados en Europa. Casi tan populares como ellas, aunque por motivos opuestos, tenemos a su contrapunto negativo. Las shady ladies, misteriosas, con los labios pintados de rojo, aspecto demacrado y estilo pin up, encarnaban a la femme fatale. La propaganda antivenérea con fuertes connotaciones misóginas no fue exclusiva de los Estados Unidos.  También la República española produjo propaganda muy similar para intentar frenar la incidencia de la sífilis entre milicianos y ejército regular. Aunque se favoreció la entrada de las mujeres en el mercado laboral para cubrir los puestos de los soldados, la sexualidad femenina fue de nuevo estigmatizada con el retorno de presupuestos misóginos más propios del siglo xix, cuando la tuberculosis, el alcoholismo y la sífilis, las llamadas enfermedades venéreas, atemorizaron a las clases medias europeas.

Propaganda antivenérea en la guerra civil española

Desde finales del siglo xix, el incipiente sistema de salud pública español empleó los medios de comunicación de masas y, en concreto, la cartelería, para difundir mensajes educativos. La alta tasa de analfabetismo en España convertía los posters en un medio idóneo y de fácil recepción. Como en el caso de la propaganda política, los carteles sanitarios buscaban transmitir la información de manera simple para asegurar la comprensión de la población analfabeta o de quienes no tenían tiempo e interés por leer un texto largo. Durante los años veinte, se institucionalizó la acción propagandística sanitaria, especialmente en el ámbito de la lucha contras las enfermedades de transmisión sexual. El Comité Ejecutivo Antivenéreo, organismo central dedicado a esta lucha, declaraba en 1928: «Bien claramente hemos procurado decir que la extinción de la sífilis no es sólo un problema de ciencia, sino también de cultura». Y continuaba: «A la profilaxis por el tratamiento debe acompañar el empleo de la propaganda sanitaria por todo género de medios, consejos, cine, carteles, conferencias de radiotelefonía, folletos, dibujos, etc.».

Durante la guerra civil española (1936-1939), los bandos republicano y sublevado produjeron entre mil y dos mil carteles. Entre ellos destaca una serie de carteles antivenéreos editados por Inspección General de Sanidad Militar de la República en los que emerge una monstruosa figura femenina, la prostituta. La temática antivenérea fue exclusiva del bando republicano. Esta ausencia puede explicarse por la escasez de cartelería entre los sublevados, ya que las imprentas más importantes estuvieron bajo el control republicano. En un contexto de abolición de la prostitución y de inclusión del hombre en la legislación como posible foco de contagio de enfermedades, cabría esperar una visión más crítica en torno a la responsabilidad del combatiente. Sin embargo, los soldados republicanos de los carteles aparecen infantilizados e impotentes ante las mujeres perversas, seductoras y temibles. Después del golpe y el estallido de la Guerra Civil solo Mujeres Libres, organización anarcosindicalista orientada a la movilización femenina, se preocupó por la situación de las prostitutas. El colectivo anarquista, para quien la prostitución era una consecuencia de la desigualdad y la explotación capitalista, trató de crear una red de «liberatorios de la prostitución» destinados a brindar ayuda económica, psicológica y moral a las prostitutas.

Cristóbal Arteche. «Les milicies, us necessiten!» [S.l.: s.n., 1936] (Barna [Barcelona]: Atlántida, A.G.) Bajo el lema «las milicias os necesitan», una miliciana, vestida con el atuendo proletario de trabajo (el «mono»), señala al espectador acusadoramente con el dedo, reclamando el esfuerzo militar de los hombres. En realidad, las milicianas que combatieron en el frente poco tienen que ver con esta imagen seductora peinada al estilo Marlene Dietrich. Algunos carteles incluso dan la impresión de presentarlas como reclamo.

Salvo excepciones como Mujeres Libres y en menor medida otras organizaciones de izquierda, el esfuerzo bélico empeoró la situación de las prostitutas. La necesidad económica de sirvientas y costureras empeoró a medida que avanzaba el conflicto. Para muchas jóvenes que habían perdido sus ya de por sí mal pagados oficios, la abundancia de soldados de permiso con un sueldo en el bolsillo hizo que la prostitución fuera la única posibilidad de supervivencia. Aunque las organizaciones de izquierda criticaban la prostitución como un vicio burgués e instaban a sus militantes a no acudir a los burdeles, durante el conflicto se registró un aumento tanto de la prostitución como de la incidencia de las enfermedades venéreas. Una de las primeras víctimas de la ansiedad social provocada por la propagación de la sífilis fue la miliciana. Aunque al principio de la contienda las milicianas habían sido representadas como heroínas del pueblo y, de hecho, habían sido sobredimensionadas en los carteles, pronto pasaron a ser desprestigiadas y tachadas de prostitutas encubiertas.

No contamos con muchos datos sobre las relaciones afectivo sexuales entre milicianos y milicianas, pero posiblemente la prostitución fuese mucho más común en la retaguardia que en el frente. Mary Nash señala que se dio un «extraordinario auge de la prostitución en la retaguardia, en donde el comercio creció para satisfacer la demanda de los soldados de permiso».

Los carteles antivenéreos, que relacionan mujer, enfermedad y muerte, supusieron una vuelta hacia los presupuestos epidemiológicos misóginos del siglo xix que consideraban a la prostituta como única o principal responsable de los contagios y exculpaban a los hombres, vistos como víctimas de su propia naturaleza. Las prostitutas y las mujeres de sexualidad peligrosa, aparecen como figuras deshumanizadas a las que se asemeja en peligrosidad a las balas enemigas.

Causar impresión en el espectador
El cartel moderno nació en la segunda mitad del siglo xix impulsado por el desarrollo del capitalismo y las necesidades de promoción comercial. En España, a pesar de que existía una curiosa y única tradición cartelística asociada al ámbito taurino, la llegada del arte del cartel no se produjo hasta los últimos años del siglo xix. La intencionalidad de estos primeros carteles, muy populares en la industrializada Cataluña, fue principalmente comercial. Desde el punto de vista creativo, a principios del siglo xx el estilo de los carteles, influenciado por su utilización bélica y política durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución rusa, dio un giro. Frente al estilo decorativista decimonónico, que daba mayor peso a la parte artística, los carteles ganaron en expresividad y colorido. La prioridad era el impacto, no la estética.

Propaganda antivenérea en los EE. UU. durante la Segunda Guerra Mundial

A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, el Departamento de Guerra de los EE. UU. inició una campaña de propaganda a gran escala con el fin de evitar las epidemias de enfermedades de transmisión sexual entre sus filas. Aunque produjo alguna película informativa de corta duración, el medio elegido por excelencia fue el cartel propagandístico, simple, directo y relativamente barato.

Prostitución y guerra han ido siempre de la mano, desde la Antigüedad hubo muchas mujeres dedicadas a la prostitución que acompañaban a los ejércitos. Napoleón Bonaparte, por ejemplo, defendió la presencia de prostitutas en los ejércitos porque prevenía los ataques a mujeres respetables por parte de los soldados. La presencia de estas mujeres se toleraba y muchos las veían como convenientes pues, además, se encargaban de las tareas domésticas.  La Segunda Guerra Mundial no fue una excepción. Junto a algunas bases militares surgieron burdeles improvisados en los que los combatientes gastaban buena parte de su salario ─el caso de Hawái destaca especialmente en este sentido─. La tolerancia del Gobierno y de las autoridades militares varió según su ubicación, pero existió una clara ansiedad social ante el riesgo de propagación de venéreas. Preocupaba especialmente la incidencia de la sífilis y la gonorrea, enfermedades que, durante la Primera Guerra Mundial, inhabilitaron para el combate a más de 10 000 hombres según un artículo publicado en la revista Military Medicine. La extensión de estas enfermedades entre las tropas estadounidenses ─un 15 % de los combatientes volvieron infectados─ llevó a la criminalización de las prostitutas, al cierre de los distritos rojos y al endurecimiento de las leyes. En todos los países occidentales, la Primera Guerra Mundial marcó un punto de inflexión en el ámbito de la lucha antivenérea y la sífilis y la gonorrea fueron consideradas peligros públicos. Aunque la introducción de la penicilina y el neosalvarsán, medicamento muy eficaz contra el tratamiento de la sífilis, redujeron drásticamente la mortalidad, la experiencia de la Gran Guerra había impactado enormemente a la opinión pública estadounidense y se crearon medidas de para reducir la exposición de los militares a las enfermedades venéreas. Esto se tradujo en la publicación de cientos de posters sanitarios que muestran mujeres en actitud provocativa o incluso con calaveras en lugar de rostro, junto a eslóganes siniestros o abiertamente misóginos. Otros carteles apelaban a la responsabilidad de los soldados y les incitaban a usar profilaxis, medidas de prevención, y a evitar el contacto con las prostitutas. Pareja al conflicto militar armado, las autoridades sanitarias libraron una guerra profiláctica contra las enfermedades de transmisión sexual.

La propaganda representó a las mujeres como otro enemigo más al que hacer frente e incluso algunos posters llegaron a situar a prostitutas y mujeres sexualmente activas al mismo nivel que las potencias del eje. La sífilis y la gonorrea se asociaron a los líderes enemigos, Adolf Hitler, Benito Mussolini y el emperador Hirohito de Japón. En muchos folletos y posters la promiscuidad y una inadecuada profilaxis se pusieron al mismo nivel que el apoyo al enemigo. Estos carteles se dirigían a una audiencia masculina y específicamente a los militares jóvenes, pero su incidencia rebasó el ámbito de las fuerzas armadas. No solo las prostitutas, también las mujeres civiles jóvenes vieron cómo se criminalizaba su sexualidad. Las mujeres que por primera vez formaron parte de las Fuerzas Armadas estadounidenses, están, por supuesto, ausentes de los cárteles antivenéreas, porque no se daba la misma importancia a la salud sexual y reproductiva femenina y porque se esperaba de ellas un comportamiento intachable que no se exigía a sus compañeros.

En EE. UU. la propaganda antivenérea no solo afectó a las prostitutas sino también a las mujeres de moral relajada, a quienes se consideraba incluso más peligrosas que las mujeres que ejercían la prostitución oficialmente. Durante las épocas de guerra se producen profundos y drásticos cambios en los modelos relacionales. La posibilidad de una muerte inminente hacía que los valores tradicionales se relajasen y con el objetivo de «levantar la moral» de las tropas o dar una «despedida adecuada» se incumplía la abstención hasta después del matrimonio. También los hombres jóvenes, en ausencia de control familiar y en un ambiente de camaradería y masculinidad profundamente patriarcal, acudían a los burdeles para «no morir vírgenes». Sin embargo, mientras que una vida sexual activa era lo esperable en un hombre joven, las muchachas que mantenían relaciones fuera del matrimonio eran duramente criminalizadas La propaganda del Departamento de Guerra de los EE. UU. ejerció un fuerte control sobre la sexualidad femenina a través de actos oficiales y de propaganda dirigidos contra las llamadas chicas de la victoria o loose women («mujeres sueltas»), con las que las tropas mantenían relaciones sexuales.

«She might look clean but…», 1942. State Archives of Florida, S1410. La imagen de la foto muestra a una joven con maquillaje y peinado impecables, vestido blanco que simbolizaba la pureza y una imagen de chica buena o vecina de la puerta de al lado. La intención era remarcar que no solo las prostitutas contagiaban enfermedades de transmisión sexual y que los soldados también debían desconfiar de las civiles. La propaganda de guerra culpaba a las mujeres de la propagación de enfermedades y caracterizaba a los hombres como las víctimas pasivas de una feminidad agresiva, viciosa y malintencionada. Con el fin de la guerra y la desmovilización de los frentes, las prostitutas y las mujeres que recibían la etiqueta de promiscuas, continuaron bajo la lupa de las autoridades.

Una sexualidad peligrosa

La cartelería antivenérea de guerra, dirigida mayoritariamente a un público masculino y militarizado, representó a las mujeres como elementos peligrosos, fuentes de ponzoña tan temibles como las balas enemigas. Los soldados parecen meras marionetas incapaces de defenderse o resistir la tentación, empequeñecidos, en colores oscuros y casi impotentes frente a unas mujeres de sexualidad desbordante. La culpa del contagio recayó, como había sido habitual durante el siglo xix, sobre la prostituta, principal responsable del contagio. Desconocemos la efectividad real de la propaganda antivenérea, durante la Segunda Guerra Mundial los avances médicos redujeron drásticamente la mortalidad entre las tropas aliadas, mientras que la sífilis y la gonorrea sí fueron un problema importante para las tropas republicanas. Esta asociación entre la mujer y la muerte no era novedosa. Tanto la cartelería de la Guerra Civil como la de la Segunda Guerra Mundial enlazan con la misógina tradición del arte decimonónico, periodo de auge de la prostitución legal y de proliferación de las enfermedades venéreas. Posteriormente, enfermedades como el SIDA, del que se empezó a hablar en la década de los 80 del siglo pasado, conllevaron también la estigmatización social, la exclusión de los enfermos y la criminalización de los homosexuales. La diferencia en la representación visual y artística de esta nueva enfermedad y la sífilis fue la combatividad de los artistas, muchos de ellos homosexuales. Mientras que los artistas del siglo xix y los carteles propagandísticos del siglo xx culpabilizaban a la mujer de la extensión de la enfermedad, el arte de los años ochenta, asociado a la irrupción de las Vanguardias, denunció la incomprensión y los prejuicios hacia los enfermos de SIDA.

«Una baja por mal venéreo es una deserción», autor desconocido. Generalitat de Catalunya, 1937, CRAI Biblioteca Pavelló de la República, Universitat de Barcelona.

La responsabilidad masculina
Frente a la imagen de la mujer caída o la prostituta, ambas representantes de una sexualidad peligrosa y desviada del ideal doméstico femenino, algunos carteles contrapusieron la imagen de la madre. Niños y esposas, que podían infectarse de sífilis, fueron representadas también en la cartelería como las víctimas inocentes. Este discurso responsabilizaba a los hombres del contagio y reconocía su implicación en los contagios, pero al mismo tiempo reforzaba la contraposición entre dos modelos de mujer opuestos. El «ángel del hogar» y su demonizado reverso. También hubo carteles antivenéreos que aludieron a la responsabilidad masculina con un lenguaje mucho más militarizado y agresivo, aunque fueron muy excepcionales. En este sentido destaca el siguiente cartel producido por la Generalitat. La imagen de la mujer, rodeada por una serpiente y completamente desnuda, continúa siendo perversa y amenazadora, pero el mensaje no deja lugar a dudas: Una baja por mal venéreo es una deserción.

«Booby Trap: STD PSA» Digital image. The Guardian.

Para ampliar:

Nash, Mary, 2000: Rojas, Madrid, Taurus.

Rodríguez Tsouroukdissian, Carolina, 2019: «Carteles antivenéreos de la Guerra Civil Española: Imágenes de la prostituta en tiempos de conflicto y Revolución Social». Ciberletras 42.

Venereal Disease Visual History Archive: Military Posters.

Whitton, Kyra, 2010: Women as subject and audience in World War Venereal Disease Posters. Tesis doctoral presentada en 2010 en la Kennesaw State University.

Marina Segovia Vara

Graduada en Historia, actualmente trabaja como profesora de secundaria en la escuela pública y realiza un doctorado a tiempo parcial en la Universidad de la Rioja. Interesada en la microhistoria, la historiografía de género y la historia cultural.

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