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Esconder el pecado bajo la alfombra. La prostitución en el Bilbao burgués

Después de la última guerra carlista, la prostitución clandestina creció notablemente en Bilbao. Burgueses y proletarios deseosos de gastar su jornal acudían a los burdeles y mancebías de Bilbao la Vieja y la calle Cortes. En 1873 se publicó un reglamento que obligaba a prostitutas y amas de burdel a someterse a supervisiones médicas semanales y limitaba su libertad de movimiento en la ciudad: su vestimenta, su comportamiento o el simple hecho de asomarse a la ventana, estaban sujetos a un estricto control legal.

 «Los inspectores de higiene pública, ponen en conocimiento de la Alcaldía, que Bernardina Escauriza incita a otras mujeres públicas a que no paguen las multas que se les imponen y hace alarde de tener personas que le levantan las multas que por faltar al Reglamento le impone la Alcaldía. y por lo tanto que se ríe de los inspectores que proponen dichas multas.»

Denuncia de los inspectores de higiene a Bernardina Escauriaza. AHBD BILBAO QUINTA 0534/070.

«En mi casa haré lo que me dé la gana»

El 14 de septiembre de 1889, los inspectores de higiene, encargados de controlar las idas y venidas de las prostitutas y perseguir la prostitución clandestina, denunciaron a Bernardina Euscariaza por jactarse entre sus amigas y vecinas, compañeras de ocupación, de no pagar las multas impuestas por el Ayuntamiento de Bilbao. Lo que era más grave, las llamaba tontas por pagar y alardeaba de tener personas que le levantaban las multas. Pese a las repetidas denuncias por parte de los desesperados inspectores hacia Bernardina, que temían que sentase un peligroso precedente, la documentación muestra un desenlace abrupto. No solo no se impuso pena alguna a esta mujer, sino que el expediente fue cerrado por decreto dejando más incógnitas que respuestas. ¿Cómo conseguía Bernardina eludir las multas?, ¿por qué se dio la orden de cerrar su expediente? Menor suerte corrió el ama de burdel, equivalente al término madama, Ignacia Otaegui, que tiene el dudoso mérito de acumular más denuncias que ninguna otra mujer dedicada al comercio sexual. A ella no le levantaban las denuncias, fue declarada insolvente y cumplió condena temporalmente en la casa Galera de Solokoetxe. Lejos de amedrentarse, los veladores nocturnos se quejaban de la audacia de Ignacia: «Se niega abiertamente a pagar la multa impuesta y aún, es más, que dice en su casa puede hacer lo que le dé la gana sin tener que dar satisfacción a nadie».

Mapa de la prostitución en Bilbao: elaboración propia a partir de las denuncias conservadas en el Archivo Histórico de la Diputación de Bizkaia y plano catastral de Bilbao. En verde Atxuri y calle de la Fuente (actual Iturribide), en amarillo Barrio de la Palanca (Cortes y San Francisco) y en rosado, el núcleo de Mirivilla/Bilbao la Vieja. Apréciese el mayor peso de la margen izquierda, en la que destacan dos focos: En color rosado la mayor concentración, situada en la zona de Mirivilla —enclave estratégico por excelencia dada la cercanía de las minas, el cuartel y la estación de ferrocarril— y en amarillo la conturbación urbana de Bilbao la Vieja- Cortés- San Francisco, popularmente conocida como «la Palanca».

Las vidas de mujeres como Ignacia, primero prostituta y después ama de burdel, transcurrieron en un Bilbao de fuertes contrastes. La burguesía vasca, deseosa de emular a sus homólogos británicos, trató de alejarse, espacial y moralmente, de la supuesta depravación que reinaba en los barrios obreros. La proliferación del alcoholismo y la prostitución, consideradas enfermedades sociales, fueron específicamente asociadas al modo de vida del proletariado, al que las clases altas responsabilizaron de su propia miseria. A la pudorosa burguesía bilbaína le horrorizaba el modo de vida de los inmigrantes gallegos y castellanos, hacinados en exiguas habitaciones, sin que quedasen claras las fronteras entre hombres y mujeres. Las clases bajas, que a menudo compartían calle con las prostitutas, fueron calificadas de promiscuas y las mujeres trabajadoras se convirtieron en sospechosas de ejercer la prostitución. Pero había algo que el adinerado industrial y los jóvenes inmigrantes solteros deseosos de gastar el jornal tenían en común, todos ellos fueron entusiastas consumidores de prostitución.

Mancebías y casas de recibir

Al igual que en los barrios chinos de los EE. UU. y en los burdeles de las colonias existió una estricta segregación racial, en Bilbao las casas de tolerancia o mancebías se dividían en tres categorías bien diferenciadas. La prostitución fue diversa y heterogénea, con lujosos y pulcros burdeles destinados al público burgués y mujeres por debajo del umbral de la pobreza que atraían a su clientela directamente en la vía pública. En el capítulo 81 del VIII capítulo del Reglamento, se establecen las tarifas que amas de burdel y prostitutas estaban obligadas a abonar. Los estipendios dependían de la calidad del establecimiento y el número de pupilas, distinguiéndose mancebías de categoría superior, de segunda y tercera clase. Por su parte las casas de citas o de recibir, en las que tenían lugar encuentros sexuales, pero no residía nadie, también se dividían en dos categorías distintas y se pagaba al negociado dependiendo de la afluencia de mujeres que hicieron uso de sus habitaciones. Aunque por lo general las prostitutas habitaron en los mismos barrios, su situación fue muy distinta dependiendo de la clase o categoría del local donde ejercían. Los clientes tampoco se mezclaban; los elegantes pisos en los que los padres de familia burgueses mantenían a sus queridas o los lujosos e higiénicos burdeles con derecho de admisión, diferían de los sórdidos «potreros» en los que los obreros mantenían encuentros rápidos. Sin embargo, las enfermedades venéreas, azote de las poblaciones europeas hasta el desarrollo de la penicilina, no entendían de clases sociales, convirtiéndose en un quebradero para médicos, reformadores sociales y gobierno.

El «morbus gallicus» en la villa de Bilbao

Antes de acercarnos a Bilbao durante la edad de oro de la prostitución reglamentada, debemos retrotraernos un par de siglos, concretamente a 1661, cuando el hospital bilbaíno de Achuri negaba la entrada a las personas infectadas de sífilis, también conocido como «morbus gallicus» o mal francés, que quedaban abandonadas a su suerte y a su vez sin ningún control. Este dato no solo muestra que las enfermedades de transmisión sexual eran un problema desde la Edad Moderna, también nos permite entender la connotación humillante y vergonzosa que acompañó a estas dolencias. Más tarde, en una sesión del 23 de septiembre de 1774, el Ayuntamiento de Bilbao decidió construir una casa galera en la que internar a las prostitutas afectadas por enfermedades venéreas. Las casas galera, a medio camino entre el régimen carcelario y el conventual, surgen tradicionalmente como el equivalente punitivo femenino a las condenas a remar en las galeras de la Armada Real para los hombres. En el siglo xviii desaparece esta pena para los hombres, sin embargo, estos encierros se mantuvieron para las «mujeres descarriadas», ladronas, vagabundas y prostitutas. Hubo que esperar hasta 1784 para que esta decisión se materializara, emplazándose dicha cárcel para mujeres en un antiguo almacén de pólvora húmedo y estrecho que a pesar de su carácter provisional fue utilizado con este fin hasta ya entrado el siglo xx.

La bestia humana (Antonio Fillol, 1897). Wikimedia Commons.

Por otra parte, el significativo aumento de la presencia militar debido a la llegada de tropas francesas durante la Guerra de la Independencia, el paso de los 100 000 hijos de San Luis y las guerras carlistas, multiplicó tanto el número de prostitutas como la incidencia de las enfermedades de transmisión sexual. Mientras que las autoridades civiles y los vecinos culpaban al ejército de la proliferación de enfermedades y la presencia de «mujeres de vida alegre», los militares señalaban a las autoridades civiles como responsables de la existencia de «rameras» que contagiaban a los soldados e inducían a la bronca y el desorden. La presión de las autoridades militares, que exigían el encierro o la expulsión de las mujeres que ejerciesen la prostitución, aceleraron la inauguración de una sala especial para la curación de venéreas en el hospital de Achuri. A pesar de la fuerte oposición a la presencia de prostitutas en el recinto hospitalario, ya que «la inmoralidad de las acogidas podría herir la sensibilidad de las restantes enfermas», el 9 de agosto de 1838 ingresaron en una casa anexa al hospital las cuatro primeras enfermas. La sala de Santa María Magdalena Penitente, santa tradicionalmente asociada a la prostitución y la vida licenciosa, estaba destinada a mujeres por considerarse que «ellas son las que difunden el mal y al curarlas a ellas se ataja su propagación». Los médicos higienistas tardaron mucho en dirigir sus atenciones a los pacientes masculinos por considerar a la prostituta como única responsable y fuente de ponzoña, por lo que no fue hasta finales del siglo xix e incluso principios del xx cuando se inauguraron los primeros dispensarios médicos destinados al tratamiento del sexo masculino, respetando, por supuesto, la confidencialidad de los afectados, por el contrario, parte del castigo a la prostituta era su exposición y señalamiento como mujer pública.

Vista de Bilbao ca. 1891. Fotografía de Hauser y Menet. Biblioteca Nacional de España.

La edad de oro de la reglamentación

La inauguración de la casa galera y la sala de Santa María Magdalena Penitente, abrieron en Bilbao el capítulo de la vigilancia médica y policial sobre los cuerpos de las prostitutas. Fue el 1 de mayo de 1873 cuando el primer reglamento relativo a la prostitución en la villa de Bilbao vio la luz. En él se recogía el establecimiento de la denominada Sección de Higiene Especial, las tasas que debían pagar prostitutas, criadas y amas de burdel según su categoría y las funciones y prerrogativas tanto del médico higienista como de los dos inspectores de higiene especial nombrados por el Ayuntamiento. Todas las mujeres menores de cincuenta años que residían en los burdeles, aunque no ejercieran, debían pagar una tasa que variaba en función de la calidad del establecimiento y estaban obligadas a someterse a la inspección médica semanal.

La consolidación de nuevas ciencias destinadas al control social de la población, como la estadística, la sociología o la criminología, así como el auge de la medicina higienista, favorecieron la proliferación de un discurso misógino que confirió un halo de cientifismo y modernidad a las viejas tradiciones sexistas de siempre. El sexo femenino, bajo escrutinio científico perdió incluso su estatus de humanidad. Es en este contexto cuando la sombra de la sospecha alcanzó a las mujeres ajenas al ideario doméstico burgués. Adaptando a los nuevos tiempos el viejo argumentario religioso y con la loable intencionalidad de hacer frente a la proliferación de enfermedades y al desorden público, los reglamentos de higiene se extendieron por Europa, Estados Unidos y sus colonias. El confinamiento de estas mujeres, que tenían prohibido asomarse a las puertas y ventanas de las mancebías y que en algunas ciudades como la vecina San Sebastián, incluso vieron regulados sus horarios de paseo para que no se cruzasen con las mujeres honradas, era también objeto de atención por parte de los reglamentos. El primero de los cuatro reglamentos de higiene publicados entre 1873 y 1916 en Bilbao, recoge en su preámbulo su intencionalidad y su visión de las prostitutas como una lacra a la que era necesario controlar:

«Reconocida en todos los países civilizados la necesidad de vigilar la prostitución, como medio de evitar mayores males, se hace preciso dictar reglas que tiendan a disminuir los perniciosos efectos que produce, cuando traspasando los límites del decoro público, adquiere un desarrollo funesto […] se pone coto a las faltas de compostura y recato en los lugares públicos, que dan una triste idea de la cultura de los pueblos donde se comenten».

Salón de la Rue des Moulins (Henri de Toulouse-Lautrec, 1894). Wikimedia Commons.

La prostitución en el arte: idealización y crítica social
La prostitución fue una temática muy habitual en las representaciones artísticas del siglo xix. Para Zuloaga el mundo de la prostitución es una de los motivos centrales en su obra. Su mirada, más bien sutil, convirtió los asuntos relativos al intercambio sexual en paseos o almuerzos de damas elegantemente ataviadas en el parque. Tolouse Loutrec ofrece una visión cotidiana, en su obra las prostitutas parecen matar el aburrimiento entre partidas de cartas y vasos de absenta. Algunas de las obras del pintor terminaron colgadas de los muros de su burdel favorito, en la calle Ambroise. Los pintores naturalistas, por el contrario, prefirieron emplear sus pinceles a modo de denuncia, retratando la prostitución como una realidad denigrante que afectaba a las jóvenes de clase baja. La bestia humana de Antonio Fillol, obra que despertó una fuerte polémica entre la crítica, denuncia sin cortapisas la corrupción moral y el abuso. El pintor fue calificado de inmoral, contrario al decoro y se le retiró el premio en metálico que había recibido al participar con su obra en el certamen de la Exposición Nacional.

Mal menor y negocio rentable

La idea de la prostitución como un mal menor que es preferible situar bajo el control del estado y las autoridades médicas es anterior a las reglamentaciones, siendo asumida no solo como un mal necesario sino también como un negocio o incluso un servicio social que salvaguardaba el honor de las mujeres honestas, evitando que los jóvenes atrapados en una situación de celibato forzoso por sus circunstancias económicas, cometiesen seducciones, adulterio e incluso violaciones. Ya san Agustín de Hipona justificaba la necesidad de la prostitución como medio para evitar males mayores: «Quita las cloacas en el palacio y lo llenarás de hedor; quita las prostitutas del mundo y lo llenarás de sodomía». Que las mancebías lograsen acabar con la sodomía no nos queda tan claro, al fin y al cabo, los burdeles de ciudades como Cádiz cuentan con la presencia documentada de sirvientes homosexuales o «invertidos» que ofrecían sus servicios de forma más o menos soterrada.

Parisiennes (Ignacio Zuloaga, 1900). Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Para las administraciones, la prostitución y su regulación, lejos de un mal, se convirtió en una rentable fuente de ingresos para el estado. Los partidarios de la reglamentación justificaban la supervisión y el escrutinio de las prostitutas como una defensa de la salud y el orden público. Reglamentos, procesos judiciales y denuncias se convirtieron en una ventana abierta que nos muestra los detalles más íntimos como su estado de salud, las enfermedades de las que eran tratadas en el Hospital Civil de Bilbao, e incluso las estrictas normas que regían su día a día. La práctica de la prostitución se convirtió en objeto de un estricto control social, médico y jurídico ejercido a través del disciplinamiento de los cuerpos de unas mujeres a las que se daba el peyorativo apelativo de públicas. Al tratar la prostitución, las autoridades y los hombres de ciencia justificaron un doble patrón de sexualidad que apelando a la incontrolable e imperiosa sexualidad masculina y a la pasividad femenina, consideraba a las prostitutas transgresoras sexuales y enfermas.

¿Pero quienes fueron realmente estas mujeres? Muy acertadamente, la historiadora Judith Walkowitz califica a las prostitutas como las «hijas no cualificadas de las clases no cualificadas». En Bilbao, los registros de las prostitutas nos permiten averiguar su edad, su procedencia y su profesión anterior. El perfil era claro: joven, inmigrante y pobre. Muchas de ellas habían probado suerte como «modistillas», criadas y pantaloneras. Profesiones precarias, competitivas y con un escaso jornal. Por lo general, la profesión más aceptada para las mujeres solteras era el servicio doméstico. Habitualmente las familias adineradas bilbaínas contrataban a sirvientas de su confianza que envejecían a su servicio en el caso de que no contrajesen matrimonio. Cuando la sirvienta era foránea el paternalismo desaparecía, los lazos se debilitaban, los sueldos decrecían y era habitual que acabasen en la calle si su rendimiento o utilidad práctica no era el esperado. Además, no pueden omitirse los frecuentes abusos por parte del señor o el señorito de la casa que solían acabar con embarazos no deseados, la expulsión de la criada y el abandono del bebé. A pocos trabajos podían aspirar estas mujeres a las que el escándalo precedía y con frecuencia confirmaban su inmoralidad ejerciendo la prostitución.

Cartel publicitario de un sanatorio para sifilíticos realizado por Ramon Casas (1900). Wikimedia Commons.

Las autoridades entendían la prostitución como una necesidad básica, pero para evitar malos ejemplos, trataron de apartar a estas mujeres del centro de las ciudades y de la vista de las damas honradas: «Ya que por desgracia son necesarias, lo que se puede hacer es que se las vea lo menos posible; así, al permanecer en la sombra podemos olvidarnos de ellas y hacer como si no existieran, no ofendiendo por consiguiente la vista y la moral de las personas decentes y honestas». La existencia de normas no es necesariamente indicativa de su cumplimiento. Cuando se tipifican delitos, es porque se estaban cometiendo. Los reglamentos no lograron cumplir sus principales objetivos. Lejos de acabar con la prostitución clandestina, las denuncias revelan que Bilbao la Vieja, Cortes o San Francisco, acogieron casas de citas y mancebías legales en el mismo portal en el que se ejercía ilegalmente la prostitución.

Las prácticas fraudulentas fueron una constante, e, incluso, en los principales burdeles se escondía a las prostitutas enfermas el día de la inspección o se mentía sobre el número de pupilas para pagar menos. La regulación tampoco logró atajar la proliferación de enfermedades venéreas, especialmente la temida sífilis. Aunque se alzaron algunas voces advirtiendo que examinar y tratar a las mujeres mientras se permitía completa libertad a los varones, era inefectivo, las autoridades europeas culpabilizaron exclusivamente a las prostitutas. Mientras que ellas eran encerradas en hospitales, los pacientes masculinos podían mantener sus afecciones en la intimidad, no eran señalados ni sufrían el escarnio público y tampoco se veían privados de continuar acudiendo a mancebías o casas de citas dónde seguirían contagiando su enfermedad a otras prostitutas y a los clientes que tuviesen contacto con ellas. Los exámenes ginecológicos eran intimidatorios y humillantes. El instrumental médico no siempre se desinfectaba adecuadamente y el espéculo vaginal, al que las prostitutas se referían como «pene del gobierno», fue responsable de numerosos contagios.

El mal de los muchos nombres
Desde su llegada a Europa en el siglo xix, la sífilis ha sido relacionada con la promiscuidad y el pecado. Ha recibido nombres muy diversos en los que se detecta una intención xenófoba, siendo habitual culpar del mal al país vecino. En Italia e Inglaterra ha sido también conocida como «morbus gallicus» o mal francés, para los rusos el origen era polaco, por el contrario, en Polonia se la conoció como «enfermedad alemana» y en España se miró tanto a Francia como a Portugal como posibles países exportadores. La enfermedad solía representarse en carteles y medicamentos con la imagen de una mujer, posiblemente prostituta, que acecha a los hombres incautos. Durante gran parte del siglo xix los clientes no estaban obligados a pasar una inspección médica porque se consideraba que el foco de infección era la mujer y no el hombre

Control social y resistencia

La hostilidad de las prostitutas hacia los exámenes médicos queda patente en las denuncias, en las que los médicos se quejaban de las palabras indecorosas y los insultos proferidos por amas e internas. En realidad, la salud de las mujeres que ejercían la prostitución no preocupó nunca a las autoridades, cuyo principal temor era el contagio de las capas más altas de la sociedad. Como argumentaba un venereólogo y médico higienista en 1934: «El temor a los reglamentos, a la hospitalización forzosa y la policía, es dentro de la prostitución clandestina lo que más aleja a las mujeres sospechosas o declaradamente enfermas del trato asiduo con las instituciones sanitarias… y así no podemos evitar la contaminación del dicho mal en el estudiante, en el militar, en el dependiente, en el casado, en el comerciante y jamás llegaremos a evitar la contaminación del banquero, el hombre de negocios, del bolsista, del jurisconsulto, del general, del acaudalado comerciante, del pintor, del médico».

A comienzos del siglo xx, quedó patente el fracaso de las medidas reglamentarias y los burdeles entraron en declive, aunque en ningún caso supuso el ocaso del comercio sexual en la ciudad de Bilbao. Las mancebías tradicionales, asociadas a un sistema casi gremial y jerarquizado ente ama y pupilas internas, dieron paso a nuevas formas de entretenimiento. Espectáculos de zarzuela y variedades, discretas casas de citas situadas en pisos o cafés. Ni siquiera la abolición de la prostitución durante el periodo republicano y la dictadura franquista pusieron trabas a la vida nocturna de los barrios bajos de Bilbao. Muchos años después, vigente la Ley de Peligrosidad Social, la detención y muerte en extrañas circunstancias de una joven prostituta encerrada por el robo de unos pasteles, prendió la mecha en las mismas calles por las que transitaron Ignacia y Bernardina. Como protesta por su muerte, cientos de prostitutas y travestis indignadas llamaron a la huelga, la policía reprimiría a tiros algunas de estas manifestaciones.

Para ampliar:

María Bernal, Luis, 2019: Historia negra de Bilbao (1550-1810). Rebeldes, bandoleros, brujas y otros villanos modernos, Tafalla, Txalaparta.

Nausia Pimoulier, Amaia, 2020: ¿Vírgenes o putas? Más de 500 años de adoctrinamiento femenino, Tafalla, Txalaparta.

Walkowitz, Judith: «Sexualidades peligrosas» en Duby, Georges y Perrot, Michelle (dirs.), 1991: Historia de las mujeres en Occidente, Madrid, Taurus [1.ª edición en francés, Paris, 1990].

Marina Segovia Vara

Graduada en Historia, actualmente trabaja como profesora de secundaria en la escuela pública y realiza un doctorado a tiempo parcial en la Universidad de la Rioja. Interesada en la microhistoria, la historiografía de género y la historia cultural.

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